«Ryuichi Sakamoto: Coda»: hacer música que no me avergüence

Estaba en medio de la grabación del documental cuando supo el diagnóstico. Ryuichi Sakamoto -el influyente compositor japonés ganador de un Oscar, un Grammy y dos Globos de Oro- tenía cáncer de orofaringe. La enfermedad, que posee una mortalidad del 50% a los 5 años, no hizo que el músico y activista tuviera aprensiones con continuar registrando el proceso creativo de su primer álbum desde 2009. “Fue Stephen [Nomura], el director, quien dudó sobre seguir filmando”, contó Sakamoto a Indiewire. “Aunque quedé en shock por hallarme en una situación tan seria, sabía que esto haría más interesante el filme”.

Así es como en “Ryuichi Sakamoto: Coda” (2017) vemos al artista reflexionar sobre la muerte, su propia obra y su proceso creativo. Claro que el álbum que terminó saliendo de ese proceso (“async”, 2017) fue muy distinto al que planeaba antes del diagnóstico. Cuando su cáncer entró en remisión en 2015, Sakamoto decidió descartar el trabajo previo y comenzar desde cero.

La obra de Nomura sigue al músico mientras hace grabaciones de campo en su casa, en bosques y la zona de excusión de la accidentada central nuclear Fukushima. Durante su búsqueda en ese lugar, incluso toca un maltratado piano que sobrevivió el tsunami de 2011 y que hoy solo es capaz de articular sonidos atonales. También habla de su estrecha relación con el cine, mientras lo vemos crear el soundtrack de “The Revenant” (2015) e inspirarse en el uso de Bach durante una de las más icónicas escenas de “Solaris” (1972).

Durante estos ejercicios, Sakamoto reflexiona sobre algunas de sus obras más reconocidas: su época con la Yellow Magic Orchestrael aria para Oppenheimer de “Life” (1999), las bandas sonoras para cintas como “Merry Christmas Mr. Lawrence” (1983) o “The Last Emperor” (1987). Pero, especialmente, discute las ideas y emociones que impulsan su nuevo trabajo.

“Me fascina la idea de un sonido perpetuo, que no se disipe con el paso del tiempo”, explica el artista. “En términos literarios, podría ser una metáfora de la eternidad”. Cuando pronuncia esa última frase, Sakamoto se ríe por la repentina comprensión del origen de aquella inquietud estética.

En música, una coda –concepto que bautiza el documental y un álbum que Sakamoto editó en 1986- es el equivalente al epílogo de una obra. Significa literalmente “cola” y marca el final de un movimiento. Es un título duro pero que le hacía justicia al estado mental del artista en ese momento, donde se preocupaba más que nunca de “hacer música significativa, que no me avergüence dejar” como legado.


Publicada originalmente en Radio Leufü.

“Amukan”: atravesar la encrucijada

En “Konün Wenu” (2010), primera cinta de ficción de Francisco Toro, el actor natural pehuenche Pedro Manquepi interpretaba al pequeño Akun con apenas 8 años. En esa historia, el niño aprovechaba la subida al sector cordillerano de la tradicional veranada para buscar la puerta al cielo y así poder visitar a su fallecida madre.

Era una fábula donde Akun aprendía sobre la cosmovisión y las tradiciones de su pueblo, y prometía perennizarlas con su propia carne. Cuando un amigo de la familia dice que los jóvenes siempre terminan descartando la vida de montaña por aventurarse a la ciudad, él le contesta con seguridad: “siempre me voy a quedar con mi abuela y mi abuelo”.

Manquepi tiene 20 años en “Amukan” (2019), la segunda ficción de Toro, y su personaje –el adolescente Nekul- está justo en la encrucijada que auguraba el filme anterior: ¿quiero realmente seguir el modo de vida tradicional de mi pueblo? Si no lo hago, ¿significaría una traición a mis antepasados? ¿Dónde está la línea que separa la individualidad del individualismo?

Nekul vive junto a sus padres y hermanos menores en el sector cordillerano del Alto Biobío. Un día, al bajar de la veranada, su padre (Jorge Manquepi) le cuenta que deberá acompañarlo a trabajar en la construcción de un camino. Esta primera experiencia fuera de su entorno familiar, junto con la eventual urgencia de conseguir medicina para su madre enferma (Lucrecia Paine), termina por abrir los horizontes del joven y sembrar la inquietud del éxodo a la ciudad. Además, el problemático alcoholismo que sufre su padre le significa trabajo extra y un razonable miedo a terminar igual que él si sigue la vida para la que ha sido educado.

La de Nekul es también la historia de ser mapuche hoy. «La realidad tiene poco que ver con los ‘Sueños azules’ de los que habla Elicura Chihuailaf», decía el historiador Fernando Pairicán en una entrevista a El Desconcierto. «El trabajo político del mundo mapuche ha sido, justamente, reeducar a [su] población, reconstituir una ética común: dejar el alcoholismo, estudiar una carrera universitaria».

Mayoritariamente hablada en mapudungún, «Amukan» («errante», en español) tiene un naturalismo logrado en gran parte gracias a que el elenco -la familia Manquepi Paine en pleno- fue parte de la construcción de la historia. Y su fotografía le hace honor a la inmensidad simbólica y física de los bellos lugares que recorre, especialmente cuando en su último tercio deriva en una suerte de road movie.

La cinta–estrenada internacionalmente en el Festival de Cine de Guadalajara y galardonada con una mención especial en Sanfic– no obedece completamente la estructura tradicional de los relatos. A diferencia de “Konün Wenu”, que tenía los tres actos bien definidos, se podría argumentar que “Amukan” es un gran primer acto aristotélico que persigue más explicar el nacimiento de una ambivalencia en lugar de querer alcanzar su resolución total. Implicaría entonces, en sí misma, la búsqueda de un camino nuevo que se desvía de la narrativa tradicional. Porque si algo aprende la película de su personaje principal, es que aunque las pisadas anteriores nos condicionen a seguir una ruta, en la montaña también podemos hacer camino propio.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

“Perro Bomba”: las caras del racismo

Steevens (Steevens Benjamin) no puede confiar en casi ningún chileno. Y los pocos con los que puede contar, no tienen el poder para ayudarlo realmente. “Perro Bomba”, la ópera prima de Juan Cáceres, sigue la caída en desgracia de un inmigrante haitiano mientras es abatido por distintas formas de opresión en las calles de Santiago de Chile.

Pese a que lleva viviendo 6 años en el país, domina el español y tiene un trabajo y un techo, basta un explosivo primer acto de rebeldía frente al racismo de su jefe (Alfredo Castro) para que se desmorone una vida que parecía estable. Es una bofetada que le recuerda una cruel realidad: en un país como este, donde el racismo está tan extendido, nunca se podrá integrar totalmente.

Un video viral que lo muestra respondiendo con un derechazo a los insultos de su jefe, pronto deja a Steevens en la calle, sin sustento y sin el apoyo público de la propia comunidad haitiana, que prefiere renegar de él antes que regalarle una excusa a los chilenos para avivar una discriminación que ya por sí sola es insufrible.

A partir de ahí, Steevens camina solo. Cuando lo reconocen por el video, lo echan de una pieza que había contratado para pasar la noche sin devolverle el dinero. Y justo cuando cree haber encontrado una verdadera aliada en el camino, esta se aprovecha de su fragilidad para abusar de su cuerpo. Sólo halla consuelo en personas tan parias como él: jóvenes que pasan las noches trabajando como parquímetros y bebiendo catárticamente, gente cuyo único techo alcanzable es el de los albergues y –por supuesto- otros inmigrantes.

Las actuaciones son bastante consistentes, lo que impresiona dada la mezcla de actores profesionales (Castro, Gastón Salgado, Blanca Lewin) con actores naturales (entre ellos el mismo Benjamin, quien además tiene la obra de teatro “Trabajo Sucio” entre sus créditos). Y es justamente ese talento actoral lo que salva un par de hoyos en la historia (el incidente que dispara todo, por ejemplo, está pobremente establecido a nivel de guión pero Benjamin y Castro logran sacarlo adelante).

La película también tiene breves sketches que no sólo sirven de descanso de la historia principal, sino que son los únicos momentos en que los haitianos dejan de ser definidos en pantalla por su condición de inmigrantes. Aparecen sin mucho contexto, cantando música tradicional haitiana o bailando alguna canción de un compatriota (artistas como Bujimix Jerome y Los Haitianos del Sur están en el soundtrack), y la generosidad con la que abren su mundo interior resulta un bálsamo en medio de una cinta llena de dolor.

Como si fuera una road movie, “Perro Bomba” sigue a Steevens por cada rincón por el que pasa. Y en cada uno encuentra una expresión distinta del racismo: directo o disfrazado de “humor”, como cosificación o violencia estatal. Esto la hace principalmente una cinta educativa para chilenos: es un llamado a revisar qué tipo de violencia podríamos estar ejerciendo contra los inmigrantes, especialmente los afrodescendientes, y apela a hacer un cambio al respecto. Por algo se empieza.

“Hoy y No Mañana”: la fuerza que hay en la memoria

Desde liberar a un cerdo disfrazado como Pinochet en pleno Paseo Ahumada bajo la “Operación Chancho”, hasta el despliegue de un millar de siluetas de cartón con nombres de víctimas de la dictadura en la acción “No Me Olvides”, las manifestaciones del colectivo Mujeres Por la Vida solían mezclar lo poético con lo más directo en la lucha contra el tirano.

“Hoy y No Mañana”, debut en la dirección de la montajista y directora de fotografía Josefina Morandé, cuenta la historia de esta organización a través de los relatos de las mujeres que la lideraron.

La escritora Mónica Echeverría, la psiquiatra y exdiputada Fanny Pollarolo, la periodista María Olivia Monckeberg y la fotógrafa Kena Lorenzini son algunas de las voces protagonistas en el documental sobre esta organización, nacida en 1983 y que involucró a otros nombres notables como las escritoras Diamela Eltit y Patricia Verdugo (“Los Zarpazos del Puma”).

La cinta toma su nombre del texto que sirve como declaración de principios y llamado al acto de mujeres. Esta concentración se realizó en el Teatro Caupolicán en diciembre de 1983, y fue el punto de partida para realizar masivas acciones, como la marcha silenciosa “Somos +” (1985) o la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora (1989), que reunió a más de 25 mil mujeres en el Estadio Santa Laura.

Ayudada de las entrevistas, imágenes de archivo y recreaciones animadas y prácticas, Morandé logra retratar la justa urgencia e increíble aplomo con que eran realizadas las manifestaciones de Mujeres por la Vida. Además, como lo hizo “Actores Secundarios” (2004) con los movimientos estudiantiles de los ochenta, se convierte en una celebración reivindicativa del olvidado papel que los movimientos políticos femeninos y feministas tuvieron en el fin de la dictadura.

“Hoy y No Mañana” privilegia la búsqueda de análisis y de sentido por sobre un relato estrictamente cronológico, lo que puede ser un relativo problema para quien vaya a ver la cinta desde la ignorancia total sobre el tema (aunque existen varios recursos en línea para aclarar cualquier duda al respecto). Pero la película de Morandé hace algo necesario e invaluable: aporta a la reconstrucción de una historia de las mujeres, quienes han sido invisibilizadas como sujeto histórico por la sociedad patriarcal.

Así, Morandé señala la hebra que une el movimiento sufragista liderado por el Movimiento Pro-Emancipación (MEMCH) con esta lucha contra la dictadura casi 3 décadas después, y lo proyecta hasta unirlo con las manifestaciones feministas de mayo de 2018. “Hoy y No Mañana” es un documental expositivo que busca educar, entregar perspectiva y aglutinar. Mira al ayer, pero para articular mejor el presente y así avanzar hacia un mejor futuro.

Concepción PopFest 2018: una fiesta que crece

La puntualidad es algo extraño tanto en el público como en la organización de los eventos, pero a las cuatro de la tarde -la hora de partida- ya había gente en La Bodeguita de Nicanor esperando a Cantáreman. El lugar, que acogió la primera edición del PopFest en la región (tercera en el país, luego del Santiago PopFest del 2015 y 2016), había cambiado la orientación del escenario y liberado bastante espacio para permitir un mejor flujo de público entre el sector del escenario, las barras y el patio de fumadores.

La cita, producida por Beast Discos y que sigue los preceptos del PopFest inglés nacido en 2007, busca promover el género en un marco de respeto y desde una organización autogestionada. En ese sentido, el cumplimiento de los horarios y los tiempos de cada show (alrededor de 40 minutos por artista) era clave, y supieron llevarlo aún a pesar de las dificultades técnicas que supone un apretado tiempo de prueba de sonido antes del comienzo del espectáculo.

Cantáreman apareció puntualmente -apenas unos minutos después de las 4 de la tarde- para presentar las canciones de su último EP, “Sombras/Reflejos/Invisibilidad” (2017), y algunas de sus cinco producciones anteriores, como la bella “Un Día Más”.

En un movimiento que parece contraintuitivo, hace bastante rato que José Toloza dejó de tocar con banda para usar simplemente una guitarra electroacústica y un bombo (a la Gepe). El resultado es, sin embargo, cautivante pues centra la atención en la cumplidora y expresiva voz de Toloza, y en su capacidad melódica y compositiva que toca varias teclas estilísticas sin perder unidad.

Con “Rinoceronte” abrieron su presentación las Yorka, un show que sumó a una intérprete en lenguaje de señas para integrar a un público frecuentemente olvidado en la comunión que deberían ser los conciertos.

 Además de adelantar su tercer álbum –“Humo”– con canciones como “Y Bailamos Tanto”“Paseíto” y “Miedo”, homenajearon a las músicas contemporáneas y al movimiento reivindicativo femenino con un efectivo cover de “Otra Era” (del disco homónimo de Javiera Mena). Si bien está lejos del registro usual de Yorka, las hermanas Pastenes y su apretada banda dieron en el clavo con un arreglo que integraba la canción bastante bien dentro del resto de su repertorio.

Amarga Marga instaló tres sintetizadores en escena para hacer un set centrado en su último disco, “Dimensiones” (2017), y que dejó fuera favoritos del álbum anterior como “Niña Cuchillo” y “20 20”. Sin embargo, las canciones nuevas fueron recibidas con entusiasmo, y en vivo se integran bastante bien entre canciones más guitarreras y de inspiración más prisionera pre-“Corazones”, como “Diana”“Lávate el Pelo” o “Cerro Cerro”.

Retomando el formato trío en vivo, y esta vez con un controlador midi que Ineino usó para disparar programaciones en “Hermafrodita” y “Análogo y Digital”, los araucanos Inarbolece entregaron un enérgico show que demostró una gran capacidad técnica e interpretativa. El público respondió no sólo coreando las canciones de su primer álbum, sino también armando un círculo de mosh en temas como “Desmadeja” y –especialmente- en el cierre con “As de Trébol”.

Una larga intro de “La Novedad” sirvió para que Tus Amigos Nuevos pudieran chequear sonido antes de comenzar su presentación, pero igualmente las líneas de bajo se perdían a ratos durante el show, entre cortes de la señal y una baja definición que las hacía sonar fangosas.

No por ello el cuarteto dejó de dar uno de los shows más ruidosos y prendidos del PopFest, donde mostraron un par de canciones inéditas (“3×1” y “Bolero”, que acentúan el lado jam que el conjunto explota en vivo) además de las reconocibles “T.A.N. Avergonzada (Ponle Cowbell)”“Baby Boomers” y “Viernes” (cantar “escuchamos a Mosciatti en la Radio Bio bío” fue demasiado post-irónico).

Rubio, el proyecto solista de Fran Straube (Miss Garrison), mostró las canciones que ha venido lanzando en epés desde 2016, como “Luz”“Fuego” y “Las Plantas”. Tal y como pasa con su banda, verla ejecutando en vivo resulta aún más apasionante que escucharla en disco gracias a la energía y la prolijidad que pone en la tarea. La música –bastante atmosférica, y que se pasea entre el pop, el trip hop y la electrónica- utiliza efectos y pedales (delay, reverb, vocoder, looper) como si fueran un instrumento más, especialmente cuando son aplicados a la voz o a un violín.

No hubo mucho salto, pero sí bastante coreo en el cierre de la noche junto a Fármacos. El cuidado pop midtempo del conjunto de Diego Ridolfi, especialmente canciones como “Un Gran Final” y “Lento”, se prestaban para el karaoke masivo. Además, el cristalino sonido de la banda hacía imperativo escuchar con atención.

Luego de la bailable “Belleza” –último single de “Estado de Gracia” (2016)- no hubo espacio para un bis, pero Carlos Doerr volvió para invocar el noise a la Thurston Moore, haciendo piruetas con la guitarra mientras alimentaba el feedback acercándose a los retornos y dejando el instrumento en manos del público para que siguiera sonando.

Fotos: Francisco Arias


Publicado originalmente en La Rata.

Juana Molina en Chile: la joya y el caos (Teatro San Ginés, 12/08/2017)

Por regla general, los actores nunca deben mirar a la cámara en una ficción para no romper la cuarta pared y, con ella, la suspensión de la incredulidad que nos permite creer en la historia que está siendo representada. Mirar a la cámara accidentalmente significaría dejar en evidencia la maquinaria tras la fantasía, rompiendo el hechizo y dejándonos con un gusto a farsa del que será difícil recuperarnos. Y si hay algo en un concierto que tiene efectos parecidos al del quiebre de la cuarta pared, son los problemas de sonido.

Luego de una charla el viernes 11 de agostoJuana Molina se presentó la noche siguiente en el Teatro San Ginés, su primer concierto en el país desde 2014. Agotadas las entradas del sábado, pronto se agregó una segunda fecha para el domingo que también se vendió por completo: el interés por ver a una de las músicas más sobresalientes de Latinoamérica era bastante.

Reconocida en Estados Unidos y Japón, la trasandina ha ido encontrando su público sudamericano en los más jóvenes y en cualquiera que se entregue al desafío de su experimentación con sensibilidad pop y fuerte identidad de origen. Su mezcla de música de intrincada arquitectura con letras íntimas y reflexivas se ha ido afirmando con los años, sin caer en la auto parodia, y “Halo” -el disco que sacó en abril de este año y que venía a presentar- es la muestra de ello.

Por eso el sábado, luego del show de apertura de la colombiana Ela Minus (que terminó bastante arriba gracias a la excelente Volcán), la expectación se sentía. Cuando Juana Molina y sus dos músicos (Odín Schwartz, guitarrista, bajista y tecladista, y Diego López de Arcaute, percusionista) entraron para abrir el show con “Cosoco”, fueron recibidos con entusiasmo.

Si el primer gran error de este show fue elegir un espacio con butacas para presentar música que invita al trance y al baile, Molina lo arregló durante “Paraguaya” pidiendo que el público se pusiera de pie. Desde ahí, el concierto sólo agarró vuelo (en especial cuando sonaron favoritos del público como “Eras” y “Un día”), y poco importaron los chasquidos de un cable agonizante que se podían oír de vez en cuando.

Pero fue en “Sin dones” que los problemas de sonido se hicieron demasiado evidentes como para continuar ignorándolos, y Juana decidió darle tiempo a su equipo para que arreglara la falla. El diagnóstico tomó varios minutos (y más cambios de cables y cajas directas de los que se necesitaban), pero la artista pudo manejar todo con gracia y en complicidad con sus músicos y el público.

El problema vino cuando la producción le avisó a Molina que le quedaban 15 minutos de show y, luego, el sonidista concluyó que la única solución posible al problema de audio era que Odín no usara su guitarra. La situación ya parecía un chiste de Felo cuando, antes de interpretar “Lentísimo halo”, la cantautora pidió que le bajaran un poco las luces sólo para que nada ocurriera.

No hay nada que rompa más el hechizo de un concierto, que deje más en evidencia la maquinaria detrás de su fantasía, que cuando los errores del equipo técnico se cruzan delante de la música.

El mal trago se fue pasando gracias a canciones como “Bicho auto”“Ferocísimo”“Ay, no se ofendan” y el gran cierre con “Sin Guía, No” (todas del disco de 2013 “Wed 21”), ejecutadas virtuosa y apasionadamente a pesar de las condiciones adversas.

No es sólo una lástima, sino una falta de respeto con el público y la artista, que una situación así no se maneje de las mejores formas. Pero Juana Molina todo lo pudo y su música sonó más fuerte que el caos alrededor.


Publicado originalmente en La Rata.

Rock En Conce 2017: la importancia de lo popular

Luego de la triada guitarrera de Los MuertosWeichafe y Zurdaka, las poleras negras y las barbas fueron desapareciendo entre shorts y tenidas más variadas durante los shows de Nicole y Los Jaivas. Y así fue todo el fin de semana del festival Rock en Conce 2017: un constante fluir de públicos que se acercaban y alejaban del frente del escenario según el artista que estuviera encima.

Cada jornada partió con actos como Fernanda Leiva (sábado) o Jorge Raby (domingo) que, por ser relativamente nuevos, tuvieron muy poco tiempo en el escenario. Por suerte el segundo día el público apareció más temprano y había bastante gente celebrando la energía de las Mulier, cerca de las 3 y media de la tarde del domingo.

El sábado, la euforia llegó con Weichafe y, especialmente, con los locales Zurdaka, cuyo amplio registro estilístico y gusto por los cambios de tempo (aplicados incluso a “El aparecido” de Víctor Jara) levantó las primeras polvaredas.

Les siguieron los sólidos shows de Electrodomésticos (que adelantaron “Ex la humanidad”, de su próximo disco, e invitaron a Angelo Pierattini) y Nicole (que mostró el excelente “Panal” y desató el karaoke con sus éxitos).

Los 55 minutos de Los Jaivas parecieron un collage de distintas partes de un concierto, con partes que no cuajaban muy bien y con un problema técnico con el bajo de Mario Mutis que obligó a Claudio Parra a rellenar cuatro minutos. Claro, no fue algo tan grave como el corte de luz durante el show de Kalule el año pasado, pero aun así dejó a la banda visiblemente incómoda durante las primeras canciones.

El domingo, un desfile de micrófonos que se negaban a funcionar casi lleva a lo anticlimático el show de Inarbolece, pero los de Carampangue lograron revertir la situación con gracia: hicieron que el público cantara las últimas líneas de “As de trébol”, y crearon un momento mucho más especial de lo planeado.

Antes que ellos, La Negra Ácida ya había dejado los ánimos bien arriba con su energética fusión. Quizás fue la adrenalina ante buena respuesta del público o una mala planificación lo que los hizo anunciar una última canción cuando ya se habían pasado de su tiempo correspondiente.

Los momentos más altos del show de Javiera y Ángel Parra en honor a su abuela y padre, los imprescindibles Violeta y Ángel, fueron aquellos en que no buscaron innovar sino sólo interpretar.

En las canciones donde había poco más que voz e instrumento (como en las versiones de “Gracias a la vida” con charango, “Volver a los 17” con cuatro, y también “Canción de amor” con guitarra), lucía desnuda la calidad de la composición y la efectividad de la interpretación. Por algo Violeta no recargó sus últimas composiciones con infinitos arreglos.

Los cabeza de cartel (Mala RodríguezBersuit VergarabatBeto CuevasAlex Anwandter) fueron justo lo que se espera de los artistas en su posición: una colección de éxitos y un puñado de canciones nuevas para hacer corear a las masas, de la mano con una prolija ejecución.

Mención aparte merecen el carisma de la Mala (que, sólo con el apoyo de DJ Swet, llenó el escenario) y Alex Anwandter (un trencito de hits coreados por una barra implacable).

El Rock en Conce, fuera de los restringidos márgenes estéticos impuestos por la palabra con erre, cumple con el encuentro y el diálogo de estilos esperados en un festival. Con su gratuidad da acceso a quienes generalmente se quedan fuera de la “escena” musical: todos aquellos que no pueden costear una entrada, un taxi o no tienen edad para entrar a los bares (vespertinos y nocturnos) donde se hacen la mayoría de los conciertos del año en Concepción.

Es verdad que faltan algunas tareas -que el público ayude a retirar su basura, que la organización facilite el acceso a personas con movilidad reducida-, pero el REC hace lo que ninguna política pública ha hecho en el área: logra que la ciudadanía ocupe espacios públicos, fomenta la música popular, la descentraliza y la acerca al público general, razón por la que existe.

La intendencia anunció hace unos días estar evaluando la idea de transferir el REC a manos privadas con tal de mantenerlo activo una vez terminado el gobierno de Bachelet. Tal encrucijada habla de la desprotección del arte popular como eterna tradición del Estado, una falta de compromiso nacional que nos puede costar esta tribuna única en el país.


Foto: Francisco Arias. Publicado originalmente en LaRata.

Inarbolece: Con una lágrima en la garganta

El debut homónimo de Inarbolece parte con un golpe de efecto: un coro de voces se entrelaza en un solemne acorde menor en los segundos iniciales del primer track, “Hermafrodita”, justo donde uno esperaría que un conjunto de formación tipo rock colocara una intro guitarrera.

Con su título, además, la canción adelanta musical y temáticamente lo que vendrá en el disco: 37 minutos de una narrativa que no acepta determinación de género.

“Inarbolece” tiene 11 canciones tejidas cuidadosamente con hebras de metal, visceralidad punk y mucha conciencia pop, protagonizadas por la expresiva voz de Ineino y su vibrato quebrado a lo Sandro.

Grabado y mezclado en el estudio Beast de Chiguayante por Rodrigo Droguett, bajista de Mantarraya, el registro incluye paredes de guitarras, corales y un conjunto de cuerdas que –como salido de un concierto de Juan Gabriel- subraya el melodramatismo de cada canción en que aparece.

Es un disco que tomó dos años de producción, extendida entre julio de 2014 y junio de 2016, e incluye canciones creadas durante los tres años de vida de la banda. De hecho, “As de trébol” es el primer tema que compusieron como conjunto, cuando recién comenzaban a ensayar en su natal Carampangue.

Ocupando imágenes relativas a lo biológicamente femenino, las letras expresan alienación y ansiedad frente a las relaciones personales y sentimentales (“Abejas de mi sangre”, la bella “Calostro”) y las ven incluso desde la fatalidad (“As de trébol”).

Lo más efectivo e interesante en las letras es el trabajo de raigambre poética de Ineino, que remite a los últimos cantos del “Altazor” de Huidobro o al “Jabberwocky” de Lewis Carroll cuando se sirve de palabras conjugadas como si fueran verbos, contraídas en portmanteaus o derechamente inventadas para enunciar lo inexpresable.

“Estas palabras no valen nada” dice Cantáreman, voz invitada en “Inuterable” – uno de los mejores momentos del disco-, estupefacto frente a lo que no puede verbalizar y sin embargo celebrando el “parto de un sentimiento” que encuentra su expresión fonética en el título de la canción.

El mismo nombre de la banda nació de esta forma: “inarbolece” conjuga el sustantivo “árbol” como si fuera el verbo “florecer”, y le otorga dirección a su brotar con el prefijo “in”. Inarbolece es, entonces, la inversión de lo esperado: un árbol que –para citar al mismo Huidobro– “crece hacia abajo y se abre al fondo de la tierra”.

En “Inarbolece”, el trío rural alcanza el primer estadio de su camino, que hasta ahora se ha enfocado en cultivar una mitología propia a través de su obra, su estética y su intensa performance en vivo. Este disco es un robusto comienzo para la banda y de paso nos advierte que, aunque estemos a fin de año, aún quedan estrenos que pueden aparecer para robarse la película y reclamar su lugar entre los imperdibles del 2016.

«Bala Loca»: un disparo al centro

Quizá el acelerado ritmo de la edición del debut de “Bala Loca” –transmitido el 3 de julio en CHV- se debía a una ansiedad por conquistar al público local, especializado en desechar testarudamente cualquier producción que le parezca “lenta”. Ya en el tercer episodio, el aire llega a las escenas fundamentales, dándoles el espacio necesario para que se desarrollen naturalmente.

Mezclando la acción de “Prófugos” con la conciencia social y el cariño por los personajes de “El Reemplazante” –junto con algo de la truculencia de “House of Cards”-, “Bala loca” cuenta la historia de Mauro Murillo (el brillante Alejandro Goic), un periodista que, luego de un accidente que lo deja en silla de ruedas, quiere recuperar el respeto de sus pares y enmendar las relaciones personales y profesionales que traicionó cuando cambió el periodismo de investigación por la farándula.

Con ese fin, busca a sus antiguos colegas y les ofrece formar un medio online a la Ciper. El proyecto sólo cuajará cuando Patricia Fuenzalida (Catalina Saavedra), que entonces se dedicaba a reportear independientemente una serie de irregularidades que favorecían a la isapre de un magnate nacional, sea convenientemente asesinada en un asalto a un supermercado. La meta es exponer los tentáculos invisibles que orquestaron su muerte.

Más allá de querer descubrir la corrupción política y la colusión empresarial en el Chile de hoy, la serie se engancha inteligentemente del vuelo que tienen actualmente estos temas en la opinión pública para construir un thriller policial y periodístico que ha crecido en intensidad con cada entrega.

Nacida como proyecto hace un par de años bajo el nombre “Entero quebrado”, en un comienzo (como lo muestra el teaser) se iba a centrar en el drama del protagonista en su proceso por acostumbrarse a la silla de ruedas luego de ser atropellado, con la intriga periodística en un segundo plano.

Por suerte en “Bala loca” la movilidad reducida del protagonista no es un tema que se trata con violines de fondo, y tampoco la silla es una aureola que lo santifica. Murillo es una persona que ha cometido muchos errores y está en una lucha interna y externa por (ser capaz de) repararlos. La silla quedó en el segundo plano.

Esto es único en nuestra televisión: “Bala loca” es un programa que entiende que la clave de la integración social no está en la admiración exotizante sino en la empatía humanizante. Es liberador ver a una persona con movilidad reducida en la tele pudiendo ser tan bueno y tan malo como cualquiera de nosotros: Murillo es –al mismo tiempo- una pareja comprensiva, un padre deficiente y un profesional con altibajos.

En las únicas escenas en que la silla es relevante, es cuando el protagonista se mueve por una ciudad inadaptada que parece creer que las personas como él sólo dejan su casa para ir a la Teletón.

Esa lograda sensibilidad probablemente vino del creador de la serie, Marcos de Aguirre, que ocupa silla de ruedas desde un accidente que sufrió en 1987. También se logra gracias al equipo de guionistas, entre los que está Gonzalo Maza, quien es co-responsable de –entre otras cosas- haber retratado la sexualidad femenina post-50 años sin caricatura ni burla en “Gloria” (2013).

Luego de introducir los personajes y sus objetivos, en sólo tres capítulos la trama de “Bala loca” se complica: descubrimos que Murillo tiene un hermano detenido desaparecido, un amigo que es político corrupto y que su medio de comunicación no está tan blindado como él creía. Hay subtramas  que tienen potencial (como la del hijo del protagonista) y las actuaciones del resto del elenco están brillando cada vez más (menciones especiales para Trinidad González y la aparición de Alejandro Sieveking). La serie se ha autoimpuesto expectativas bien altas y hay que ver cómo avanza en los siete episodios que le quedan.


Publicado originalmente en LaRata.

Radiohead – A Moon Shaped Pool (2016): La música importa

Al contrario de lo que diversos medios han sugerido estos días, “A Moon Shaped Pool” no es un disco de descartes.  Las únicas tres canciones antiguas que Radiohead rescató para su último álbum son True love waits (1995), Burn the witch (2003) y Present tense” (2008).

Las otros temas previamente conocidos son fruto del proceso creativo para este disco: “Ful stop” e “Identikit”, fueron compuestas durante los ensayos para la gira de promoción de su LP anterior, “The King of Limbs”, y estrenadas en vivo durante la misma, en 2012. Luego están “Desert island disk” y “The numbers”, que Thom Yorke tocó en diciembre del año pasado en Francia, cuando la banda llevaba tres meses en el estudio.

Los Radiohead acostumbran retomar canciones antiguas para un nuevo álbum cuando encuentran el arreglo y el contexto adecuado para ellas. Lo bueno es que en esa tarea -hasta ahora- siempre han acertado. En los 11 tracks de “A Moon Shaped Pool” no hay relleno, sino sólo buenas canciones arregladas con tanta atención que exigen varias escuchas para acceder a cada detalle.

A primera oída destacan las cuerdas, que generan tensión (“Burn the witch”), enriquecen melódicamente (“Tinker tailor soldier…”“Present tense”), agregan dulzura (“Glass eyes”), alcanzan lo siniestro (“Daydreaming”) y hasta se roban la película (“The Numbers”).

Es la mano de Jonny Greenwood, que ha desarrollado una carrera paralela a Radiohead no sólo componiendo soundtracks (“There will be blood” y “Norwegian Wood”, por ejemplo), sino también ejecutando piezas de su autoría junto a ensambles como la BBC Concert Orchestra, la Australian Chamber Orchestra y la London Contemporary Orchestra. Es con la LCO que Greenwood grabó el soundtrack para “The Master” en 2012, y aquel background colaborativo probablemente lo motivó a llamarlos para este álbum, para el que también aportaron coros.

Los pianos y las guitarras acústicas son protagonistas en el noveno disco del quinteto de Oxford, con el Ondes Martenot (“Tinker Tailor…”), el Kaoss Pad (“Daydreaming”), la guitarra eléctrica (“Identikit”) y el bajo (notable en “Decks Dark”“The Numbers”, y muy “Airbag” en “Burn the witch”) en un segundo plano pero resaltando cada vez que aparecen.

Temáticamente, el álbum abre con las preocupaciones orwellianas clásicas de la banda (“Burn the witch”), para después embarcarse en diversas descripciones de un escenario post-apocalíptico, que puede ser tanto social como personal.

Está la negación frente a la verdad por dolorosa (la pegote “Identikit”) o poco conveniente (“Ful stop”, una agresiva mezcla de krautrock con la materia pasada en el aula de “The King of Limbs”). En “Desert island disk” Yorke canta, sobre una guitarra Nick-Drake-eana de compás irregular, acerca del inesperado optimismo frente a un cambio no deseado. La musicalmente luminosa “Decks Dark” viene a ser el opuesto a ese reencuentro con los queridos muertos que es “Pyramid Song”, porque versa incrédula sobre la futilidad de la vida y la inexistencia del más allá (“era todo una broma”, repite bajo tierra).

Tanto “Daydreaming” como “Present tense” hablan del escapismo, pero la segunda se centra en el arte como forma de evasión de la realidad. Con una guitarra y unos redobles que recuerdan a la samba brasilera, Yorke describe lo que parece una tesis sobre el carnaval de Río: la alegría momentánea del baile nos servirá de arma contra el duro presente.

“The Numbers”, sin embargo, es la más abiertamente social del disco. Presentada al mundo como “Silent spring” –y renombrada probablemente para calzar en el orden alfabético del tracklist-, critica que la gente deba estar al servicio de la economía (los mentados números) y no al revés. Es lo más cercano a una canción de protesta que tenemos de Radiohead, con una guitarra acústica que parece una versión de “Optimistic” tocada por Neil Young.

Cierra el disco “True love waits” que, en un arreglo con varias texturas en piano, se arrastra más dolorosa que la versión con guitarra acústica conocida en “I Might Be Wrong: Live Recordings”. Suena menos a una conversación con alguien querido, como antes, y más a un ruego solitario en la mitad de la noche.

El momento escogido para lanzarla junto con el ánimo presente en el resto de las letras de este disco, ha llevado la conversación a direcciones faranduleras. El foco parece estar más en la reciente separación de Yorke que en la música, lo que es un desperdicio.

Ha pasado este año también con “Blackstar”, donde la prensa y el público se farrearon el análisis de una obra que dobla géneros, por centrarse en las “pistas” proféticas que Bowie supuestamente sembró en su último disco.

No hay duda de que las catástrofes personales de sus autores se cuelan en las obras que producen, pero lo importante es el resultado de la sublimación de aquel padecimiento en el arte. Es la música lo que nos queda y lo que nos sirve para nuestros propios apocalipsis. Y en “A Moon Shaped Pool” hay música de sobra. Hay que aprovecharla.


Publicado originalmente en LaRata.