Conflicto de intereses

Desde que entré a periodismo empecé a sentir la obligación tácita de tener que escribir mucho, ojalá de una forma tan constante e hilada que pudiera transformarse en una novela. Y desde que entré a la carrera la he esquivado, porque siento que no estoy listo y porque miro a mis coetáneos publicando y generalmente escriben puras hueás. Pero no es su (nuestra) culpa. Somos jóvenes. No sabemos nada y está bien, aunque nuestra época nos diga que ya sabemos lo suficiente y que antes del cuarto de siglo deberíamos ser exitosos, y que si esperamos a los treinta ya habrá sido muy tarde.

La libertad creativa que te permite el ocio eterno de la vida de estudiante es una oportunidad para hacer algo y lograr el éxito, es cierto, pero probablemente lo que hagas sea una mierda y lo odiarás a los seis meses. Y no es tu (nuestra) culpa, porque estás cambiando, estás creciendo, te estás moviendo. No creo -no quiero creer- que dejes de moverte nunca, pero sí supongo que un yo de 40 me dará menos verguenza a los 50 que uno de 25 -mi yo actual. Esto me lo repito seguido porque sirve como una excusa para, algunas veces, no hacer mucho, y otras, no sentirme tan mal si odio lo que hago.

He proyectado que la urgencia por publicar un libro debe surgir en mi vida recién en la segunda mitad de los treinta. El plan es lograrlo recién entrado en las cuatro décadas. Es mi meta. Aunque es una meta contradictoria con la idea de morir joven gracias a una vida llena de excesos que me ayuden a sobrellevar al mismo tiempo que a expresar mi abrumadoramente constante desajuste emocional. Bueno, aún soy relativamente joven y tengo algo de tiempo para pensar qué elegir. Seguramente, porque soy joven, tomaré una decisión pésima y me voy a arrepentir.