Pensar el porno

Annie se sube la falda, abre las piernas y se introduce un espéculo en la vagina, mientras reposa en un sillón frente a una asombrada multitud. El público pronto hace fila para, ayudados de una linterna, apreciar de cerca el cérvix de la performer fundadora del post-porno. Han pasado más de 20 años desde la primera vez que lo hizo y Ellen Steinberg -mejor conocida como Annie Sprinkle- sigue impactando con su ahora menopáusico útero.

La idea de ella y sus seguidores, los cultivadores del post-porno, es utilizar y exagerar los elementos de la pornografía convencional para criticarla, y así representar la sexualidad humana de forma no tradicional. En palabras de la propia Sprinkle: “la respuesta al porno malo no es su prohibición, sino hacer mejores películas porno.”

El porno malo

Generalmente, la pregunta es cómo un adolescente que sólo quiere sacudirse la calentura con ayuda del notebook, termina siendo un adulto misógino, un golpeador o un violador. Pero la explicación no se reduce a las horas de porno por año que un joven vea en su etapa de auto-descubrimiento.

El problema es cultural, que tiene en el porno sólo un refuerzo de la idea de la mujer como objeto para desear, causar placer y decorar. Es decir, estas películas son sólo mera reproducción de los roles sexuales validados por las instituciones políticas, religiosas y sociales en general.

Y, evidentemente, la constante recepción de estos mensajes -sea a través de xvideos o Yingo- no hacen más que reafirmarlos.

Según explica la antropóloga de la Universidad de Concepción, Carla Donoso, “la exposición de imágenes explícitas de violencia sexual genera un ambiente de tolerancia hacia ésta, lo que facilita que sea considerada como algo ‘normal.’”

Así, el papel sumiso de la mujer y el dominante del hombre (con absoluta exclusión de cualquier conducta homosexual) se va perpetuando en el individuo.

Lo Post

Es en respuesta y oposición a este panorama -y a las organizaciones que buscaban censurar las grabaciones de sexo explícito por sus “efectos nocivos en la sociedad”-, que nace el post-porno.

La performance inaugural de este movimiento fue “Post Porn Modernist,” de Annie Sprinkle, y consistía en ella misma chupando dildos hasta vomitar, exhibiendo su útero y masturbándose rodeada de velas -todo en pleno 1990-. La seguirían pornofeministas con expresiones artísticas propias, como Marina Abramovic, Cosey Fanni Tutti y Verónica Vera.

Con el tiempo, las presentaciones y talleres que buscan la deformación el porno para ayudar a destruir el machismo y la heteronormatividad, se han extendido hasta nuestro país.

En la capital, por ejemplo, el año pasado la Coordinadora Universitaria por la Disidencia Sexual (CUDS) celebró una década de marchas, intervenciones públicas y puestas en escena provocativas. Y en Valparaíso, performers como Missogina han recreado la exposición uterina de Sprinkle.

El post-porno, finalmente, usa el cuerpo como instrumento para expresar no sólo una idea, sino también la propia identidad. Busca dejar de lado la ilusión de que lo placentero es sólo lo escenificado en la pornografía o lo aceptado socialmente. Todo, para construir un (auto)erotismo libre y personal, y para demostrar que realmente otro porno es posible.

(Publicado en Becuz Magazine en enero de 2013)

Charles Manson: un culto al terror y al amor

Lo llaman el prisionero más popular de Norteamérica, y el hombre vivo más peligroso. Charles Manson es, en realidad, más que eso: es el mejor ejemplo de que las construcciones mediáticas se pueden volver totalitarias. Más allá de los asesinatos ¿cuál es la conciencia detrás de esta máscara?

A sus 77 años, Charles Manson ha pasado más de 60 en prisión. Ya de niño, y debido a que su alcohólica madre no podía hacerse cargo de él, fue puesto en varios reformatorios que no supieron contenerlo. En sus constantes escapadas, asaltaba tiendas de comida para poder sobrevivir hasta que era recapturado y enviado a otro reformatorio con más rejas que el anterior.

Con 21 años, cuando ya se había casado y con su primogénito en camino, quiso dejar por primera vez Ohio para irse a Los Angeles junto a su esposa, una joven enfermera. El problema es que lo hizo en un auto robado, y la justicia no tardó en darse cuenta. Al poco tiempo de cumplir la condena correspondiente, fue encarcelado de nuevo por intentar cobrar un cheque robado que había conseguido jugando cartas. No saldría hasta los 32 años.

Habiendo pasado la mayor parte de su vida en la cárcel, Manson incubaría un discurso contra los paradigmas sociales dominantes que habían forzado los rumbos de su vida. Sólo con su poder de observación como arma, el preso más popular de norteamérica fue convirtiendo su rabia en inquietudes artísticas y filosóficas que derivarían en una notable carrera musical.

En 1967 Manson ya había conformado La Familia. Alimentados por la onda hippie de esos años, se fueron todos juntos a Los Angeles a constituirse como una comunidad. Eventualmente, Manson conocería al Beach Boy Dennis Wilson, con quién compartiría inquietudes artísticas y drogas. Posteriormente La Familia iría a hacer comunidad en la casa de Wilson, pese a los deseos del baterista.

Obligado a pagar por las drogas, la comida y también los daños ocasionados por la paz y el amor de La Familia, Wilson aprovechó de tomar como sus sirvientas a las mujeres de la comunidad, además de entablar con Manson una relación co-creativa.

“Un poco fuera de control”

Esta relación con el baterista de uno de los grupos más sobresalientes de la escena musical de la época, llevó a Charlie Manson a ser escuchado por figuras tan fundamentales como Neil Young. El influyente compositor canadiense quedó maravillado con la capacidad compositiva instantánea de Manson, quien solía inventar canciones sobre la marcha y luego olvidarlas.

Young incluso intentó conseguirle un contrato con su discográfica, Reprise. En una conversación con un ejecutivo de la compañía, el autor de “After The Gold Rush” describió al líder de La Familia como “un chico bueno, talentoso. Sólo está un poco fuera de control.”

Sin ser aceptado por ningún sello discográfico, pero potenciado por los comentarios de importantes figuras musicales de la escena de L.A., Manson se decidió a grabar sus composiciones con Dennis Wilson cooperando en la producción y varios arreglos.

Estas sesiones, sin embargo, no serían conocidas hasta 1970, mientras era juzgado por homicidio. Entonces, por necesidad monetaria (para costear su defensa) y -sobre todo- espiritual (para limpiar su imagen), Manson pidió que fueran compiladas y lanzadas en un álbum.

En “LIE: The Love and Terror Cult”, hay una mirada introspectiva, afinada en mi bemol, sobre su relación con una sociedad apática, cínica e individualista, y sus autoridades morales y legales. El suyo es un canto que, en la forma, se asemeja más a un José Feliciano que a un Ozzy Osbourne, como se podría esperar de una figura tan siniestra.

Su composición, arreglada con violines, sítaras, coros y percusiones, es básica pero efectiva. A veces se aleja de la solitaria guitarra acústica precariamente afinada, hasta transformarse en un canto casi tribal, con muchas influencias sicodélicas. Mientras la simplicidad de “Sick City” tal vez sea más fruto de la improvisación que de la intencionalidad, climas caóticos como el de “Ego” o “Mechanical Man”, además de la bella “I’ll Never say Never to Always” (una canción de cuna con reverberaciones fantasmagóricas) sólo pueden ser fruto del ensayo.

En las letras, Manson ocupa su retórica más directa, prefiriendo los ejemplos por sobre las metáforas, a excepción de en “Eyes of a Dreamer”, la canción que cierra el disco y donde incluye imágenes con tintes solipsistas.

Un peligro para la sociedad

“LIE: The Love And Terror Cult”, más lúcido que cualquier otro disco de la decena que tiene bajo su autoría, resume toda la expresión marginal de Manson. En “People Say I’m No Good”, señala que la moral dominante debe ser derribada por el sólo hecho de ser totalitaria, en plan casi nihilista. Y en “Mechanical Man” y “Sick City” reclama contra la ilusión de trascendencia que envuelve al trabajo diario de las clases bajas, y la apatía y alienación causada por los medios.

Con los años, Manson profundizaría estas observaciones en sus entrevistas en la cárcel, pero sólo conseguiría ser ridiculizado o patologizado. Es que, de otra forma, no sería posible que los medios le dieran cabida a un discurso tan peligroso, elaborado por un hombre proveniente de la clase baja, casi sin familia, que ha pasado su vida en la cárcel, que no se ha instruído por las vías aceptadas y que rara vez ha tomado un libro.

Por eso es que, dicen los seguidores de Manson y su asociación ecológica “ATWA”, el fiscal a cargo de la investigación del caso Tate/LaBianca le colgó supersticiones como la de Helter Skelter y lo llamó un conspirador e instigador de los nueve asesinatos llevados a cabo por La Familia.

Luego de más 40 años cumpliendo condena por una supuesta responsabilidad intelectual, Manson aún se defiende. “No le digo a la gente lo que tiene que hacer -le dijo en 2011 a Vanity Fair España-. Ellos saben lo que tienen que hacer y, si no lo saben, no vienen a mí porque soy un muy mal hombre, soy todo lo malo. Tú debes saber qué hacer. Eso es lo que Tex [Watson, miembro de La Familia, actualmente en prisión] dijo en su libro: ‘Él no me dijo qué hacer. Yo sabía lo que él quería que hiciese y lo hice.’”

(Publicado en Becuz Magazine en Julio de 2012)