The bucket list

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Quiero casarme, tener hijos. Viajar por el mundo, comprarme una casa. Tener vacaciones románticas.

Comer sólo helado durante todo un día. Vivir en el extranjero. Alcanzar y mantener mi peso ideal.

Escribir una buena novela. Mantener el contacto con los viejos amigos. Plantar un árbol, preparar una comida deliciosa por mí misma.

Sentirme realmente exitosa.

Bañarme en hielo, nadar con delfines. Tener una fiesta de cumpleaños (una decente).

Vivir cien años, seguir casada hasta morirme. Mandar un mensaje emocionante en una botella y recibir una respuesta interesante.

Superar todos mis miedos y fobias. Quedarme echada mirando las nubes todo el día.

Tener una casa antigua y llena de cachivaches. Correr una maratón entera.

Leer un libro que sea tan bueno que recuerde citas de él por el resto de mi vida.

Pintar cuadros prodigiosos que muestren lo que realmente siento.

Llenar una pared de pinturas y palabras que me lleguen al corazón. Tener todas las temporadas de mis programas favoritos.

Llamar la atención sobre algún asunto importante, hacer que la gente me escuche.

Tirarme en paracaídas, bañarme desnuda, volar en helicóptero. Tener un buen trabajo al que me quiera dedicar todos los días.

Quiero una propuesta de matrimonio única y romántica. Dormir al aire libre. Hacer la caminata por Besseggen. Actuar en una película o en una obra en el Teatro Nacional.

Ganar una fortuna en la lotería. Fabricar útiles de uso común.

Ser amada.

[Oslo, 31. august]

Sobre Almost Famous (o Malditos rockeros, arruinaron el rock)

Por los 15 años de Almost Famous, en Pitchfork escribieron un ensayo/columna sobre el acto de regalar música, algo íntimo, emocional y variable conforme las tecnologías han ido cambiando. Tiene buenas reflexiones (su enfoque sobre el arca del personaje de John Cusack en High Fidelity respecto a las mixtapes es brillante), pero siento que es algo injusta con Almost Famous al reducirla a un mero ejercicio de nostalgia dentro de la filmografía de Cameron Crowe.

Probablemente lo hace para servir a su punto, pero me quiero colgar de su (bien logrado) análisis para escribir por qué Almost Famous es una de mis películas favoritas. La razón no es muy larga: habla de la compleja relación entre el fan y la música, y de cómo las comunidades obsecuentes terminar por malograr el mismo movimiento que generaron, por abrazar la comodidad.

La película es más que los setenta y Led Zeppelin y lo que uno quiera entender como testimonio de la experiencia juvenil de Crowe con la banda, que sirvió de base para la cinta. Y también es más que escenas que me hacen llorar siempre o citas que me tatuaría.

PSH y Patrick Fugit en Almost Famous
Philip Seymour Hoffman y Patrick Fugit en Almost Famous

Almost Famous me habla en un nivel muy personal, porque quiere azuzar el oído del fan para que no se entregue, para que sea crítico y que busque lo nuevo (o, en setentero, lo honesto y lo real, lo no-formulaico). Por lo mismo, no adora el «rock purista» ni per sé ni a priori y creo que, al contrario, le teme a esas barreras autoimpuestas de un estilo que está condenado a repetirse si no se reconoce como un collage en continua regeneración.

La resonancia de David Bowie no fue fruto de fórmulas. El impacto de Judas Priest provino de incorporar la cultura gay al metal. Elvis básicamente era un blanco nacido para el country que quería cantar blues, y los Beatles más memorables son los que funcionaban como cóctel de variados estilos de la época. Cuando el rock -un montón de apropiaciones culturales, un baile nacional de todas las naciones- deja de reinventarse, muere.

Es lo que le advierte Lester Bangs (Philip Seymour Hoffman) al chico protagonista de Almost Famous, aspirante a periodista musical: «[Los músicos] quieren que escribas historias gloriosas sobre la genialidad de los rockstars», pero son ellos los que «arruinarán el rock and roll y estrangularán todo lo que amamos de él», si no somos vigilantes. La música provoca pasión, y la mejor forma de asegurarse de la calidad de las próximas dosis es ser críticos, para que lo estimulante nunca deje de serlo por caer en una indulgente y masturbatoria auto-repetición.

La de Almost Famous es una lección importante que sale del rock, se aplica a cualquier estilo musical y en general a toda forma de arte: lo único que diferencia a lo vivo de lo muerto es el movimiento. Y uno nunca quiere que se muera lo que ama.

Quién es Xavier Dolan

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Cuando lo comparan con Orson Welles, Xavier Dolan (Montreal, 1989) niega con la cabeza y, sonriendo como chiquillo insolente, dispara: “él era un flojo”. El paralelo nace dada la precocidad de ambos. Si recién a los 26 años Welles había escrito, dirigido, producido y actuado en Ciudadano Kane, Dolan –que en marzo cumplió esa misma edad- ya ha hecho cinco películas a cargo de las mismas tareas, junto con las de edición y diseño de vestuario. Es que el canadiense, que partió como actor de comerciales y películas a los 4 años, conoce la industria y –al igual que Welles- persigue el control creativo de sus filmes.

“Un pintor no delega”, dijo en 2011, asegurando que no le gustaría trabajar con 100 asistentes y –de filmar en Hollywood, donde nada se hace con poco- lo haría sólo “de ser lo suficientemente famoso y respetado como para hacer la película que quiero”.

Salvo Tom à la ferme (Tom en la granja, 2013), que tuvo su premier en Venecia, Dolan ha estrenado todos sus filmes en Cannes, siempre llevándose un galardón. El último, Mommy, que logró el Premio del Jurado en el festival francés (compartido con Adiós al lenguaje de Godard), tendrá su estreno comercial en Chile este jueves 14.

En Mommy, Dolan quiso recrear la cultura de los suburbios de Quebec en los que creció, ubicándola en el 2015 de una Canadá ficticia donde por ley los padres pueden dejar a sus hijos a cargo del Estado si se creen incapaces de criarlos. Es ésta la salida que le presentan a la viuda Diane Després (Anne Dorval), cuando su hijo es expulsado de un centro de detención para menores por causar un incendio que dejó a otro chico con graves quemaduras.

El adolescente, Steve (un carismático Antoine-Olivier Pinon), sufre déficit atencional y un trastorno afectivo que no lo ayuda mucho en sus relaciones sociales ni con la autoridad. Pero Diane no se rinde y se lo lleva a vivir con ella para retomar su relación filial y ver si puede hacer encajar en el mundo a este joven perdido y frecuentemente violento. Pronto el par conoce a Kyle (Suzanne Clément), la vecina del frente que además es una profesora de secundaria con un problema de lenguaje que le impide ejercer. Ella será la aliada de Diane en la misión de que Steve termine de educarse y esquive los problemas. Se lee fácil.

Para la crítica, Mommy compite con su debut, Yo maté a mi madre (2009), como su trabajo más logrado. Las comparaciones entre las cintas son inevitables porque las dos tratan la compleja relación entre un adolescente y su madre (en ambas, interpretada por la brillante Anne Dorval). Sin embargo, su ópera prima –escrita por Dolan a los 16 y filmada cuando apenas cumplía los 20 años- es mucho más autobiográfica y menos benevolente con la figura materna.

El asesinato en Yo maté a mi madre (que recibió tres premios y una ovación de ocho minutos en Cannes) es el mismo que comete un joven Jean-Pierre Léaud en Los 400 Golpes (1959): apenas una mentira que lo excusa ante un profesor. Pero a diferencia de la cinta de Truffaut, la rebeldía del protagonista de Dolan (el adolescente Hubert Minel, interpretado por él mismo) alcanza una violencia que bien podría escalar hacia lo fatal.

Su segunda cinta, Los amores imaginarios (2010), es un ejercicio de estilo que sacrifica profundidad argumental, donde dos amigos (Dolan y Monia Chokri) se obsesionan románticamente con un chico recién llegado. Acá, de nuevo, se puede leer a Truffaut: si en Jules y Jim (1962) dos amigos se enamoran de una mujer cuya sonrisa evoca la de una bella estatua encontrada en una isla del Adriático, el objeto de deseo de Los amores imaginarios es comparado con el David de Miguel Angel. El director niega, sin embargo, esta influencia de la cinta de Truffaut pero -mediante un cameo de Louis Garrel- cita a Los soñadores (2003), el filme de Bertolucci que cuenta la historia de otro triángulo amoroso en el París del 68.

Por primera vez con Dolan sólo tras cámaras, Laurence anyways (2012) retrata la transición de una adolescente transgénero con la misma naturalidad con que aborda la homosexualidad en sus cintas anteriores. “No hago películas gay y no soy un director gay”, dijo hace unos años, “así como Un hombre serio no es un film judío y Romeo y Julieta no es una película hetero”.

La orientación sexual también es algo relativamente secundario en Tom à la ferme (2013), un thriller donde el nudo principal es la suerte de síndrome de Estocolmo que desarrolla el protagonista con su cuñado, Francis (Pierre-Yves Cardinal). Tom (Dolan) llega al funeral de su novio para descubrir que su suegra cree que el muchacho estaba emparejado con una mujer. Francis pretende que aquello se mantenga así, y ocupará la violencia para lograrlo.

Al igual que con Tom à la ferme, el realizador usa en Mommy las dimensiones de la pantalla como herramienta narrativa, esta vez de forma drástica: utiliza una proporción de imagen de 1:1 que resulta tan claustrofóbica como íntima.

No contento con la buena recepción de su última cinta, Dolan –que será jurado este año en Cannes- ya está trabajando en dos películas más: It’s only the end of the world, con Marion Cotillard, y The death and life of John F. Donovan, con Jessica Chastain. Si no es Mommy, quizás una de ellas se transforme en  su propio Ciudadano Kane. El tiempo dirá.

(Versión completa de un artículo publicado en La Tercera, el 22 de mayo de 2015)