«Ryuichi Sakamoto: Coda»: hacer música que no me avergüence

Estaba en medio de la grabación del documental cuando supo el diagnóstico. Ryuichi Sakamoto -el influyente compositor japonés ganador de un Oscar, un Grammy y dos Globos de Oro- tenía cáncer de orofaringe. La enfermedad, que posee una mortalidad del 50% a los 5 años, no hizo que el músico y activista tuviera aprensiones con continuar registrando el proceso creativo de su primer álbum desde 2009. “Fue Stephen [Nomura], el director, quien dudó sobre seguir filmando”, contó Sakamoto a Indiewire. “Aunque quedé en shock por hallarme en una situación tan seria, sabía que esto haría más interesante el filme”.

Así es como en “Ryuichi Sakamoto: Coda” (2017) vemos al artista reflexionar sobre la muerte, su propia obra y su proceso creativo. Claro que el álbum que terminó saliendo de ese proceso (“async”, 2017) fue muy distinto al que planeaba antes del diagnóstico. Cuando su cáncer entró en remisión en 2015, Sakamoto decidió descartar el trabajo previo y comenzar desde cero.

La obra de Nomura sigue al músico mientras hace grabaciones de campo en su casa, en bosques y la zona de excusión de la accidentada central nuclear Fukushima. Durante su búsqueda en ese lugar, incluso toca un maltratado piano que sobrevivió el tsunami de 2011 y que hoy solo es capaz de articular sonidos atonales. También habla de su estrecha relación con el cine, mientras lo vemos crear el soundtrack de “The Revenant” (2015) e inspirarse en el uso de Bach durante una de las más icónicas escenas de “Solaris” (1972).

Durante estos ejercicios, Sakamoto reflexiona sobre algunas de sus obras más reconocidas: su época con la Yellow Magic Orchestrael aria para Oppenheimer de “Life” (1999), las bandas sonoras para cintas como “Merry Christmas Mr. Lawrence” (1983) o “The Last Emperor” (1987). Pero, especialmente, discute las ideas y emociones que impulsan su nuevo trabajo.

“Me fascina la idea de un sonido perpetuo, que no se disipe con el paso del tiempo”, explica el artista. “En términos literarios, podría ser una metáfora de la eternidad”. Cuando pronuncia esa última frase, Sakamoto se ríe por la repentina comprensión del origen de aquella inquietud estética.

En música, una coda –concepto que bautiza el documental y un álbum que Sakamoto editó en 1986- es el equivalente al epílogo de una obra. Significa literalmente “cola” y marca el final de un movimiento. Es un título duro pero que le hacía justicia al estado mental del artista en ese momento, donde se preocupaba más que nunca de “hacer música significativa, que no me avergüence dejar” como legado.


Publicada originalmente en Radio Leufü.

“Amukan”: atravesar la encrucijada

En “Konün Wenu” (2010), primera cinta de ficción de Francisco Toro, el actor natural pehuenche Pedro Manquepi interpretaba al pequeño Akun con apenas 8 años. En esa historia, el niño aprovechaba la subida al sector cordillerano de la tradicional veranada para buscar la puerta al cielo y así poder visitar a su fallecida madre.

Era una fábula donde Akun aprendía sobre la cosmovisión y las tradiciones de su pueblo, y prometía perennizarlas con su propia carne. Cuando un amigo de la familia dice que los jóvenes siempre terminan descartando la vida de montaña por aventurarse a la ciudad, él le contesta con seguridad: “siempre me voy a quedar con mi abuela y mi abuelo”.

Manquepi tiene 20 años en “Amukan” (2019), la segunda ficción de Toro, y su personaje –el adolescente Nekul- está justo en la encrucijada que auguraba el filme anterior: ¿quiero realmente seguir el modo de vida tradicional de mi pueblo? Si no lo hago, ¿significaría una traición a mis antepasados? ¿Dónde está la línea que separa la individualidad del individualismo?

Nekul vive junto a sus padres y hermanos menores en el sector cordillerano del Alto Biobío. Un día, al bajar de la veranada, su padre (Jorge Manquepi) le cuenta que deberá acompañarlo a trabajar en la construcción de un camino. Esta primera experiencia fuera de su entorno familiar, junto con la eventual urgencia de conseguir medicina para su madre enferma (Lucrecia Paine), termina por abrir los horizontes del joven y sembrar la inquietud del éxodo a la ciudad. Además, el problemático alcoholismo que sufre su padre le significa trabajo extra y un razonable miedo a terminar igual que él si sigue la vida para la que ha sido educado.

La de Nekul es también la historia de ser mapuche hoy. «La realidad tiene poco que ver con los ‘Sueños azules’ de los que habla Elicura Chihuailaf», decía el historiador Fernando Pairicán en una entrevista a El Desconcierto. «El trabajo político del mundo mapuche ha sido, justamente, reeducar a [su] población, reconstituir una ética común: dejar el alcoholismo, estudiar una carrera universitaria».

Mayoritariamente hablada en mapudungún, «Amukan» («errante», en español) tiene un naturalismo logrado en gran parte gracias a que el elenco -la familia Manquepi Paine en pleno- fue parte de la construcción de la historia. Y su fotografía le hace honor a la inmensidad simbólica y física de los bellos lugares que recorre, especialmente cuando en su último tercio deriva en una suerte de road movie.

La cinta–estrenada internacionalmente en el Festival de Cine de Guadalajara y galardonada con una mención especial en Sanfic– no obedece completamente la estructura tradicional de los relatos. A diferencia de “Konün Wenu”, que tenía los tres actos bien definidos, se podría argumentar que “Amukan” es un gran primer acto aristotélico que persigue más explicar el nacimiento de una ambivalencia en lugar de querer alcanzar su resolución total. Implicaría entonces, en sí misma, la búsqueda de un camino nuevo que se desvía de la narrativa tradicional. Porque si algo aprende la película de su personaje principal, es que aunque las pisadas anteriores nos condicionen a seguir una ruta, en la montaña también podemos hacer camino propio.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

«Happy – Depre», de Adolescentes Sin Edad: bailar y llorar

El beat de inspiración trap que abre “Happy – Depre” parece anunciar un golpe en el timón para el trío penquista Adolescentes Sin Edad. La canción “Fiesta Sad” aparenta un giro estilístico que, sumando las guitarras que aparecen unos segundos más tarde, básicamente equivaldría a cambiar desde la senda The Drums hasta un sonido tipo Lil Peep.

Pero el nuevo disco del conjunto -conformado por Marcelo Francois (voz, guitarra, composición), Italo Polizzi (bajo y arreglos) y Marcelo Arredondo (batería y arreglos)- no aterriza tan lejos de su EP debut homónimo de 2017. Luego del track de apertura (que funciona como una suerte de intro), continúan con su sonido habitual que refiere tanto a la banda de Jonathan Pierce y a las atmósferas de DIIV, como al legendario trabajo en las seis cuerdas de Johnny Marr y Bernard Sumner.

“Fiesta Sad” resulta, en perspectiva, un apartado más de la exploración conceptual del supuesto oxímoron que bautiza el álbum. Porque las ocho canciones que lo componen –y que hablan de drogas, carretes catárticos y amores no correspondidos- podrían amenizar tanto la soledad nostálgica de una tarde encerrado en la pieza, como la fiesta alternativa más prendida.

La gran diferencia con su trabajo debut, sin embargo, es la calidad sonora del material. Este disco, registrado en Estudio Fusa y masterizado en Clio a comienzos de año, tiene un sonido grande y abierto, que invita a sumergirse en sus guitarras y sintetizadores de vocación atmosférica.

En sus peores momentos, “Happy – Depre” puede parecer formulaico y derivativo. Pero brilla cuando la banda modula sus influencias para llegar a líneas melódicas tan coreables como las de “Oye Me Gustai” y el single “Desorden y Bailar”. Es un paso adelante que mejora la captura técnica de las habilidades de la banda, pero que adeuda en originalidad.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

“Enigma”: mejor no hablar de ciertas cosas

El primer largometraje de Ignacio Juricic Merillán, al igual que su corto “Locas Perdidas” (2015), está basado en hechos reales. Si su obra anterior se inspiraba en el allanamiento y fichaje masivo de personas LGBT+ en la disco Quásar de 1996, esta toma como referencia el asesinato lesbofóbico de Mónica Briones ocurrido en 1984 y que sigue impune hasta la actualidad. Pero, en lugar de limitarse a representar la tragedia, esta película sigue la tormenta provocada en la familia de la víctima por un programa televisivo de true crime que pretende recrear los hechos.

“Enigma” parte 8 años después del homicidio, cuando un productor de televisión llama a Nancy Vásquez (Roxana Campos) para que acceda a ser entrevistada en cámara sobre el caso de su hija Sandra, que se cerró sin culpables. Mientras ella se toma un tiempo para decidir, el canal contacta al resto de la familia pidiéndoles su testimonio para el programa.

Como si hubieran abierto la caja de pandora, a las conversaciones familiares vuelven los bonitos recuerdos de la hija perdida, pero también los rencores que habían sido acallados sin que nunca se apagaran realmente. Las discusiones se llenan de evasivas e indirectas, donde los personajes dicen una cosa queriendo decir otra, y reina la vieja idea de que la paz se mantendrá sólo si evitamos ciertos temas. Es en estas escenas de orientación ruiciana donde más brilla la película, pues sabe retratar el ethos del Chile de la transición.

Tanto en “Locas Perdidas” como en “Enigma”, la preocupación de Juricic no es con los hechos mismos sino, según ha señalado, con la representación mediática de estos y de la comunidad LGBT+ (de hecho, la cinta toma el nombre del programa de true crime homónimo, que en 2010 dedicó un capítulo a Mónica Briones).

Y su crítica no la hace sólo desde el argumento, pues decide alejarse de la estética de estos programas y sus recursos audiovisuales de manera radical. Así, elige filmar en secuencia, sin usar contraplanos, evitando los close-ups y limitándose a usar paneos y panfocos.

«Enigma» es una cinta llevada por mujeres (Campos y Paula Zúñiga están brillantes al centro) y donde los hombres son seres desconectados e inútiles (incapaces de servirse comida solos, menos podrán dar apoyo emocional). Y, aunque está ambientada en 1999, su realidad no es tan distinta de la nuestra. Son las mismas heridas las que siguen sin cicatrizar.

“Benzinho”: un sentimiento familiar

La disonancia cognitiva de experimentar dos emociones contradictorias a la vez es algo que se repite en la película brasileña “Benzinho” (2018). Irene (Karine Teles) siente felicidad y preocupación cuando a su hijo adolescente le ofrecen ir a jugar handball a Alemania. Está orgullosa de que el trabajo de Fernando (Konstantinos Sarris) en su equipo escolar sea reconocido a nivel profesional, pero siente profundas aprensiones al imaginar a su primogénito -que aún es menor de edad- viviendo solo a casi 10 mil kilómetros de distancia.

Y justo mientras celebra la alegría de ver a su hijo mayor ganar un partido para su equipo, abraza con dolor a su hermana Sônia (Adriana Esteves) al verla llegar con un moretón en el ojo luego de que su marido la golpeara de nuevo.

Pero la madre no sólo deberá lidiar con el síndrome del nido vacío y la violencia de su cuñado drogadicto. También tendrá que sobrellevar una crisis económica familiar, graduarse de la secundaria y batallar con una casa que –como una metáfora de su crisis- cada día despierta con una grieta nueva.

Tras “Riscado” (2010), “Benzinho” es la segunda película en que la actriz y guionista Karine Teles colabora junto a su marido, el director Gustavo Pizzi. Además, en esta cinta integran al elenco a sus pequeños hijos, Arthur y Francisco, que interpretan a los inquietos gemelos del clan.

Ese origen íntimo transpira en la pantalla, donde cada personaje es tratado con un amor familiar. Teles («A Que Horas Ela Volta?», 2015) se luce al centro de la película, con una interpretación llena de matices y de vida. La fotografía, así como los lugares que muestra, a veces parecen carnavalescamente recargados y hasta chillones, pero en realidad nada en ellos sobra. Cada detalle cuenta la historia.

“Benzinho” se desarrolla durante las 3 últimas semanas que el hijo mayor pasará en el hogar, por lo que es una cinta llena de crisis, catarsis y emocionalidad. Pero con su tono tragicómico (o de “dramedy”, en gringo) logra un equilibrio natural, al condimentar su relato con toques humorísticos que terminan conformando una capa narrativa más. Es una cinta encantadora, de esas que dan ganas de volver a ver inmediatamente después de terminarla. De esas de las que es tan fácil enamorarse.

“Los Sueños del Castillo”: el infierno está en los márgenes

Los adolescentes que aparecen en “Los Sueños del Castillo”, el segundo documental de René Ballesteros luego de “La Quemadura” (2009), han vivido y hecho cosas que nadie debería. Están detenidos en el centro del Sename en Cholchol (Región de la Araucanía) por cargos como robo con violencia u homicidio, y los recuerdos de lo que hicieron aún carcomen sus psiques. Y así lo muestran sus sueños.

Escenas como un asesinato en una cárcel infernal, familiares fallecidos que los quieren arrastrar a su ataúd, violentas peleas a muerte con sus amigos y las inescapables garras del mismo diablo ocupan los espacios oníricos de estos jóvenes, que no alcanzan las dos décadas de vida.

Y el centro de detención mismo estimula el terror, porque es un edificio que parece un sombrío castillo, y que fue construido encima del terreno donde varios mapuche habían enterrado a sus muertos. Las sombras del genocidio y de la aniquilación cultural también penan entre sus paredes y en el terreno alrededor.

La cámara de Ballesteros a veces recorre sus interiores como un alma en pena, mirando las actividades de los funcionarios de la institución u observando como bestia al aguaite desde el circuito cerrado de seguridad. Pero la mayoría del tiempo se encuentra en las celdas de estos jóvenes, sin mediar juicio, escuchando a sus traumas hablar a través de las imágenes oníricas que los perturban de noche.

También hay escenas de normalidad, pero incluso en ellas los fantasmas aparecen. Como cuando  uno de los chicos ve televisión sin advertir que la forma en que está sentado en el sofá revela cortes autoflagelantes en su brazo. Cuando se da cuenta, se aleja rápido.

La vida de este puñado de adolescentes está lejos de lo que consideramos común, y eso genera un gran menoscabo en su salud mental. La profunda desigualdad nacional ha favorecido que la delincuencia sea una forma de supervivencia, y un Estado que se centra más en el castigo que en la prevención termina destruyendo vidas, aún antes de que se terminen de formar.

“Los Sueños del Castillo” –Pudú al mejor largometraje chileno del FIC Valdivia 2018– es una cinta íntima y sensible, que da voz a los chicos que buena parte de la sociedad juzga descartables. Echa una ojeada a lo frágil que hay detrás del callo de agresividad formado al vivir en el abandono. Pero también es una película de terror, pues produce miedo: al diablo y al infierno, o a ser pobre y a pertenecer a los márgenes. En cualquiera de esos casos, la escapatoria es cuesta arriba.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

“Perro Bomba”: las caras del racismo

Steevens (Steevens Benjamin) no puede confiar en casi ningún chileno. Y los pocos con los que puede contar, no tienen el poder para ayudarlo realmente. “Perro Bomba”, la ópera prima de Juan Cáceres, sigue la caída en desgracia de un inmigrante haitiano mientras es abatido por distintas formas de opresión en las calles de Santiago de Chile.

Pese a que lleva viviendo 6 años en el país, domina el español y tiene un trabajo y un techo, basta un explosivo primer acto de rebeldía frente al racismo de su jefe (Alfredo Castro) para que se desmorone una vida que parecía estable. Es una bofetada que le recuerda una cruel realidad: en un país como este, donde el racismo está tan extendido, nunca se podrá integrar totalmente.

Un video viral que lo muestra respondiendo con un derechazo a los insultos de su jefe, pronto deja a Steevens en la calle, sin sustento y sin el apoyo público de la propia comunidad haitiana, que prefiere renegar de él antes que regalarle una excusa a los chilenos para avivar una discriminación que ya por sí sola es insufrible.

A partir de ahí, Steevens camina solo. Cuando lo reconocen por el video, lo echan de una pieza que había contratado para pasar la noche sin devolverle el dinero. Y justo cuando cree haber encontrado una verdadera aliada en el camino, esta se aprovecha de su fragilidad para abusar de su cuerpo. Sólo halla consuelo en personas tan parias como él: jóvenes que pasan las noches trabajando como parquímetros y bebiendo catárticamente, gente cuyo único techo alcanzable es el de los albergues y –por supuesto- otros inmigrantes.

Las actuaciones son bastante consistentes, lo que impresiona dada la mezcla de actores profesionales (Castro, Gastón Salgado, Blanca Lewin) con actores naturales (entre ellos el mismo Benjamin, quien además tiene la obra de teatro “Trabajo Sucio” entre sus créditos). Y es justamente ese talento actoral lo que salva un par de hoyos en la historia (el incidente que dispara todo, por ejemplo, está pobremente establecido a nivel de guión pero Benjamin y Castro logran sacarlo adelante).

La película también tiene breves sketches que no sólo sirven de descanso de la historia principal, sino que son los únicos momentos en que los haitianos dejan de ser definidos en pantalla por su condición de inmigrantes. Aparecen sin mucho contexto, cantando música tradicional haitiana o bailando alguna canción de un compatriota (artistas como Bujimix Jerome y Los Haitianos del Sur están en el soundtrack), y la generosidad con la que abren su mundo interior resulta un bálsamo en medio de una cinta llena de dolor.

Como si fuera una road movie, “Perro Bomba” sigue a Steevens por cada rincón por el que pasa. Y en cada uno encuentra una expresión distinta del racismo: directo o disfrazado de “humor”, como cosificación o violencia estatal. Esto la hace principalmente una cinta educativa para chilenos: es un llamado a revisar qué tipo de violencia podríamos estar ejerciendo contra los inmigrantes, especialmente los afrodescendientes, y apela a hacer un cambio al respecto. Por algo se empieza.

“Hoy y No Mañana”: la fuerza que hay en la memoria

Desde liberar a un cerdo disfrazado como Pinochet en pleno Paseo Ahumada bajo la “Operación Chancho”, hasta el despliegue de un millar de siluetas de cartón con nombres de víctimas de la dictadura en la acción “No Me Olvides”, las manifestaciones del colectivo Mujeres Por la Vida solían mezclar lo poético con lo más directo en la lucha contra el tirano.

“Hoy y No Mañana”, debut en la dirección de la montajista y directora de fotografía Josefina Morandé, cuenta la historia de esta organización a través de los relatos de las mujeres que la lideraron.

La escritora Mónica Echeverría, la psiquiatra y exdiputada Fanny Pollarolo, la periodista María Olivia Monckeberg y la fotógrafa Kena Lorenzini son algunas de las voces protagonistas en el documental sobre esta organización, nacida en 1983 y que involucró a otros nombres notables como las escritoras Diamela Eltit y Patricia Verdugo (“Los Zarpazos del Puma”).

La cinta toma su nombre del texto que sirve como declaración de principios y llamado al acto de mujeres. Esta concentración se realizó en el Teatro Caupolicán en diciembre de 1983, y fue el punto de partida para realizar masivas acciones, como la marcha silenciosa “Somos +” (1985) o la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora (1989), que reunió a más de 25 mil mujeres en el Estadio Santa Laura.

Ayudada de las entrevistas, imágenes de archivo y recreaciones animadas y prácticas, Morandé logra retratar la justa urgencia e increíble aplomo con que eran realizadas las manifestaciones de Mujeres por la Vida. Además, como lo hizo “Actores Secundarios” (2004) con los movimientos estudiantiles de los ochenta, se convierte en una celebración reivindicativa del olvidado papel que los movimientos políticos femeninos y feministas tuvieron en el fin de la dictadura.

“Hoy y No Mañana” privilegia la búsqueda de análisis y de sentido por sobre un relato estrictamente cronológico, lo que puede ser un relativo problema para quien vaya a ver la cinta desde la ignorancia total sobre el tema (aunque existen varios recursos en línea para aclarar cualquier duda al respecto). Pero la película de Morandé hace algo necesario e invaluable: aporta a la reconstrucción de una historia de las mujeres, quienes han sido invisibilizadas como sujeto histórico por la sociedad patriarcal.

Así, Morandé señala la hebra que une el movimiento sufragista liderado por el Movimiento Pro-Emancipación (MEMCH) con esta lucha contra la dictadura casi 3 décadas después, y lo proyecta hasta unirlo con las manifestaciones feministas de mayo de 2018. “Hoy y No Mañana” es un documental expositivo que busca educar, entregar perspectiva y aglutinar. Mira al ayer, pero para articular mejor el presente y así avanzar hacia un mejor futuro.

Juana Molina tiene un Halo

“Lánzate”, le repite una chica desde el público, con un acento que pretende ser bonaerense. Entre risas, Juana Molina se saca la guitarra, pide que no la dejen caer, y luego se tira en picada a las manos de un público que la recibe con cariño y la devuelve al escenario con suavidad. Esta noche en La Bodeguita de Nicanor, cuenta, es la primera vez que ha hecho crowdsurfing en su carrera.

No importan las ocho horas de viaje en bus desde Santiago, ni que venga saliendo de un resfriado que la tuvo considerando cancelar esta fecha. La música argentina, que debutó con el álbum “Rara” (1996) pero que recién encontró su voz en “Segundo” (2000), muestra energía de sobra al estar sobre un escenario. Y siempre que hay errores e imprecisiones (en la interpretación de composiciones tan intricadas como las suyas, es un milagro que no haya), las lleva con una comicidad y humor que acaso será la única huella de su pasado como reconocida comediante.

Justo antes de la prueba de sonido para el show en La Bodeguita del viernes 15 de junio, comenzamos a hablar de “Halo”, uno de los mejores álbumes del año pasado, y el que sirve de excusa para que visite la región.

Este es el primer disco que Molina no graba completamente en su estudio casero. Fue Odin Schwartz –su tecladista y suerte de mano derecha- quien la convenció de ir a las instalaciones de Sonic Ranch, en Texas, a terminar el trabajo. “Cuando fuimos a grabar al estudio, yo tenía 8 canciones completamente terminadas en la casa, entonces terminamos las ideas de temas que estaban apenas esbozados y les cambiamos unas cosas a los que ya estaban hechos”, cuenta la artista.

“Lo que me gustó mucho de grabar ahí es que la modalidad de trabajo era bastante parecida a la de mi casa, porque  teníamos el estudio disponible sin horario restringido. Al principio me costó porque éramos varios y yo no estoy acostumbrada a que haya otros mientras hago mis cosas. Yo hago mucho: cosas lindas, cosas feas, cosas mediocres, y después todo lo que no sirve, lo descarto. Me costaba hacer cualquier cosa, que no estuviera buena y tener otros jueces”.

Era difícil tener espectadores de esa intimidad

Sí, me costó un poco, pero después empezó a fluir la cosa.

¿Qué canción podría ser el gran ejemplo del proceso de trabajo para este disco?

El tema del que más grabamos fue “Cosoco”, porque yo estaba muy enamorada de un teclado que había tocado en “Segundo” ya. En ese disco usé el Prophet 5 y un Moog Prodigy, y acá me reencontré con el Moog y fue mucho amor. Con Odín [Schwartz] tocábamos a cuatro manos, uno tocaba y el otro modulaba. Y teníamos la base de un loop grabado, que era el loop inicial y que finalmente quedó en el disco, que tratamos de hacerlo de vuelta pero a mí no me gustó como quedó. Ese era un loop que había hecho en una prueba de sonido. Por eso no me gusta no tener el teclado en vivo ahora, porque hice muchas canciones en pruebas de sonido y sin el teclado ya se me limita un poco la paleta. Y bueno, cuando llegué a la casa, esta canción tenía millones de tracks, de baterías. Y algo que debo haber oído me recordó a un [platillo] china que grabé al final de una canción que se llama “Yo No”, y quise intentar hacer eso de nuevo. Era un china muy chiquitito, que según como le pegabas tiene un sonido como si estuviera en reversa. Nunca conseguí uno igual, entonces Diego [López de Arcaute, su ex baterista] tocó la figura mientras yo movía el pedal del hi-hat para buscar distintas tonalidades y que no fuera todo parejo. Hicimos miles de tomas y, después de que volvimos de Sonic Ranch en marzo, yo me quedé hasta octubre mezclando. Me acuerdo de estar ahí y ver que de golpe se armaban unas figuras que son medio random -porque justo yo abrí cuando él pegó o no sé qué-, y finalmente lo que hice fue agarrar esos mini pedacitos y repetirlos como un arreglo en algunos momentos en particular. La batería me llevó mucho tiempo, y después lo del Prodigy me costó muchísimo tiempo elegir, porque había tantas partes y eran todas lindas.

Molina cuenta que fue el imposible trabajo de dar en el clavo con una nueva versión –esta vez grabada en estudio- del loop de guitarra de “Cosoco”, lo que le recordó una regla primordial: “Una vez que una canción está construida en base a algo que quizás no está muy bien, eso que no está muy bien se vuelve esencial en la canción. Porque si después lo cambio, las cosas dejan de estar relacionadas entre sí”.

“Es como un grupo de amigos en el que uno se encarga de preparar el desayuno. Cuando de pronto ese amigo no está más, y viene otro… Pésimo el ejemplo que te estoy dando”, se ríe, pero continúa hasta lograr el punto: “si ese amigo ya no está, el desayuno va a ser otro, las conversaciones van a ser distintas. Cambias un miembro y los demás no se relacionan del mismo modo. Entonces todo lo que yo hice así nomás, con la intención de mejorarlo en estudio, no pudo ser mejorado porque la opción era destruir lo que estaba hecho o empezar de cero. Y con eso, perder todo lo que estaba, que tenía otras cosas muy buenas. Ese fue el motivo por el que una de las canciones quedó afuera: porque a mí realmente no me gustaba la guitarra”.

¿La línea de la guitarra o su sonido?

No me gustaba el sonido. Nunca logré que esa base sonara bien, y la idea la había grabado en un teléfono y esa realmente no servía. Y dije, bueno, en el estudio la grabo mejor. Pero la guitarra nunca pudo integrarse con las demás cosas que estaban grabadas. Era una canción muy compleja, con muchísimos arreglos y partes que se iban superponiendo…bueno, un clásico de lo que hago siempre. Pero esta, por algún motivo, era más compleja que las demás, con una métrica rara. No hubo manera de armarla. Y estaba buena porque se parecía un poco en espíritu a otras dos canciones, –“Estalacticas” y otra que no recuerdo ahora- y me parecía que formaba una trilogía que estaba buena. Me dan ganas de hacerla de nuevo. Quizás la tendría que haber empezado de cero y habría salido otra cosa, pero algunas cosas me habían dado tanto trabajo que con pensar que eso no estuviera más me parecía que iba a perder toda la magia, acaso la tenía.

Me parece que en este disco lograste un equilibrio, donde alcanzaste la confianza para hacer varias canciones sin letra y publicar sólo las letras con las que te sientes cómoda, ¿Lo ves de esa forma?

El disco se retrasó casi un año porque yo no podía escribir las letras. Me costaba muchísimo. Siempre me pasa lo mismo: cuando una canción no tiene una palabra, algo que me sugiera de qué va el tema, no se lo puedo imponer de fuera. Es un integrante que tiene que estar desde el principio. Yo quiero que la letra suene igual que la melodía de la voz cuando no está la letra, pero no quiero simplemente poner palabras que calquen ese dibujo. Además, tengo que estar diciendo algo y tiene que estar muy bien escrito. Es muy complejo.

“Sin Dones” es una letra hermosa

Sí, me salió bien ésa. Me costó muchísimo llegar a saber de qué hablaba “Sin Dones”. Yo quería tener las letras listas en el estudio, porque en Sonic Ranch sonaban tan bien las voces que yo me sentía una cantante profesional. Porque claro, tenían unos micrófonos de 40 mil dólares a través de unos preamps que valen 20 mil. Cosas que uno en su casa no puede tener bajo ningún concepto –yo, al menos, no puedo- y con las que realmente suena de otra manera la voz. No tienes que ponerle nada, casi no hay ni que ecualizarla. Y, además, al oírte vos con esa calidad de audio y con esa calidez, cantas de otro modo. Un micrófono con buen sonido te hace cantar mejor. Es como un show con buen sonido: tocas mejor que si tienes mal sonido, porque cuando tienes mal sonido estás todo el tiempo tratando de sonar.

¿El diseño de voces para este disco pasó en el estudio?

No canté nada en el estudio, excepto “A00 B01” porque no tenía letra. Todo lo demás lo canté después.

Una de las últimas veces que Juana Molina vino a Chile, en agosto de 2017, hizo dos shows en el Teatro San Ginés. Si bien el segundo salió a pedir de boca, el primero tuvo problemas de sonido que pararon el show por varios minutos y un tratamiento visual que estuvo lejos de ser el ideal.

“El iluminador se había ido”, cuenta, con justa indignación. “Después del tercer tema yo digo ‘che, la luz puede ir cambiando de vez en cuando’. La tiré así, y nada. Le habíamos pasado el rider, no para que hagan lo mismo pero para que tengan una idea y sepan los colores que van por tema. Después, cuando viene “Lentísimo Halo”, donde nosotros solemos apagar todo, yo digo ‘che, acá si apaga por favor’ y ahí empecé a dar manija. Después me dijeron que no había nadie”.

Y en esta visita a la capital –el jueves 14 en el Club Amanda– también debió lidiar con problemas extramusicales: su telonero para la fecha fue (me llamo) Sebastián, quien en noviembre de 2017 relativizó las denuncias de al menos siete mujeres sobre repetidas conductas de acoso y abuso sexual en contra de Pablo Gálvez, su productor y ex músico. Además, justo antes de que anunciara que se iría a México, fue funado por una ilustradora que lo acusó de aprovecharse de su fanatismo e inexperiencia para conseguir trabajos gratis. Por todo lo anterior, varias personas manifestaron en redes sociales su incomodidad con la presencia del músico en la fecha.

¿Te enteraste de la polémica que se armó alrededor de tu telonero, (me llamo) Sebastián?

Más o menos.

Su productor y ex músico abusó de varias mujeres, y él lo encubrió.

¿No será que lo encubrió porque le creyó?

Bueno, eran amigos.

Por eso. Yo creo que si viene mi mejor amiga y me dice ‘te juro que es mentira’, yo le creo a ella. Después, si se demuestra que mi amiga es culpable, me va a doler muchísimo. No sé qué actitud tendría. Obviamente no trabajaría con ella públicamente, pero por ahí seguiría siendo amiga. No sé. Las relaciones son algo muy difícil de juzgar, porque cada una es particular y el vínculo es único, íntimo e inexplicable. Yo no sé qué pasó, no me enteré mucho. Pero parece que el público lo perdonó porque ayer estaba encantado con ellos.

De todas formas vi en redes sociales a gente que quería ir a verte pero no quería verlo a él, por ejemplo. Además, la productora al parecer bloqueaba a gente que escribía en el evento sobre el tema

De todo eso ni me enteré. Si justo ponen un número tan complicado antes de que toque yo…es algo de lo que habría preferido no saber nada. En un momento dije, ¿acá qué tengo que hacer? Sigo sin saber lo que pasó, no sé si está demostrado.

Lo que hizo es difícil de probar ante un tribunal, entonces no necesariamente puede estar demostrado por esa vía

No sé ni qué hizo.

Abusó sexualmente de una chica y manoseó a varias mientras dormían en su casa. Fueron muchos testimonios, entonces es difícil que todas se pongan de acuerdo para…

Sí, no sé. Son temas muy delicados. Creo que hay que analizar cada caso en particular.

En realidad no te estoy pidiendo una opinión sobre el caso, sólo quería saber si estabas al tanto de la situación

Supe, pero no sé… Me dio mucha rabia pasar por esto cuando vengo lo más contenta a hacer un show a Chile. No sabía qué había pasado. Ahora me estoy enterando por vos que fueron varias [víctimas] y que lo más probable es que sea cierto. Lo poquísimo que yo sabía en ese momento es que eran muy amigos, y yo dije, bueno, será que hasta el último momento le creyó al amigo. Yo los conocí ayer y me parecieron todos encantadores. El otro no estaba por supuesto, y probablemente sea encantador también.

Claro, pero uno nunca sabe lo que la gente hace en privado

Y, sí. Creo que es un tema que hay que tratar con mucha delicadeza. Lo que sí me parece muy bueno [de que se hable de estos temas] es que alerta a las chicas, que muchas veces les da vergüenza decir que no porque les da miedo o para que no las traten de histéricas. Porque cuántas veces a mí me pasó que me acerqué a uno que me gustaba un poco y después me di cuenta de que en realidad no me gustaba. Yo no tuve nunca ningún problema en decirle ‘che, sabes que no’, pero quizás otras chicas sí, y está muy bien que esto las envalentone como para ponerse más firmes y saber defenderse. Porque muchas veces el abuso se da por la oportunidad que uno le da, porque si vos no te niegas y te quedas así quietito…

Pero si ves que la otra persona está incómoda y sigues…

Si ves que la otra persona está así quieta y no dice nada, tienes que ser un insensible de mierda, obviamente. Un tipo muy insensible, una muy mala persona, o las dos cosas a la vez. Entonces esto está bien, porque veo que las chicas ahora tienen una actitud muy fuerte. Viste que el otro día tuvo media sanción la ley de aborto, y había una cantidad de chicas jóvenes tan enorme. Fue muy emocionante lo que pasó el otro día en Buenos Aires. Porque realmente, las razones que esgrimen las personas no abortistas, o “pro-vida” como se llaman ellos, son tan lábiles, no tienen peso, o son religiosas. Lo que pasó fue muy lindo. Como toda revolución, es un poco caótica y exagerada al principio, y hay gente que dice muchas pavadas –inclusive las que están a favor-, pero no importa. Después se equilibra todo.

James Murphy comenzó a agarrar vuelo con LCD Soundsystem pasados los 30 años, y él siempre ha dicho que ese éxito tardío fue algo beneficioso. Primero, porque así se tomaba mejor la fama y, segundo, porque se aseguraba de hacer música de la que no se avergonzaría después, ¿Te sientes de una forma similar con tu carrera? ¿Crees que empezar “tarde” a hacer música te benefició en perspectiva?

Yo compongo desde muy joven. Todas las canciones del primer disco las había escrito entre 15 y 10 años antes de publicarlo. Son temas que hice a los 18 o a los 20, algunas incluso más joven, y por eso las letras son más adolescentes. Me perjudicó haber tenido la carrera que tuve antes, porque me costó mucho entrar al circuito musical estando tan encasillada en otro lado. Entonces, cuando salió el primer disco, arranqué del quinto subsuelo y tuve que primero llegar a la superficie para que pasara algo. Además, justamente me dediqué a otra cosa porque me era imposible tocar delante de otra persona. Me daba una timidez y una inseguridad enorme. Pero haciendo personajes era lo contrario, era completamente invulnerable. Cuando yo hacía café concerts, interactuaba con el público y me podían decir cualquier cosa, pero yo siempre sacaba una respuesta que hacía quedar mal al que me había agredido. Siempre. Porque lo hacía desde un personaje, entonces podía realmente decir lo que pensaba, y yo quedaba intacta. Entonces la combinación de todo lo que venía de fuera en contra, más mi timidez, fue letal. Tuve que vencer todos mis miedos primero. Me llevó muchísimos años aprender, así que no sé si hubiera podido hacer esto más joven. De hecho, no pude.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda: tras un lenguaje cinematográfico propio

El caos es un elemento que Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda abrazan sin miedo. En todas sus producciones ha jugado un rol importante, pero quizás nunca tanto como en su último documental, “Il Siciliano” (2017). “Esa película partió como ficción. Teníamos un guión y ya habíamos hecho un primer corte de 40 minutos de la película, pero los actores de la ficción cayeron presos”, cuenta Adriazola.

“El personaje principal iba a estar como cinco años preso, entonces no teníamos ninguna posibilidad de continuar, así que tratamos de ser lo más honestos con la realidad que teníamos”.

Así, terminaron generando un retrato íntimo de Juan Carlos Avatte, un hijo de inmigrantes sicilianos que se hizo millonario vendiendo pelucas desde la segunda mitad del siglo XX en su local de Providencia. Y el resultado está lejos de responder a las expectativas formales y temáticas de una cinta biográfica común: es un encuentro frontal con la ética y la estética del mundo de su protagonista, uno que no busca ninguna clase de redención aún en sus últimos días. Y que resulta tan trágico como gracioso.

Es difícil saber cómo habría sido la película de mafiosos que tenía planeada esta inquieta dupla (que además de dedicarse a filmar, ha levantado una Escuela Popular de Cine, un Festival de Cine Social y Anti-social, e incluso ha incursionado en la música). Pero “Il Siciliano” bien vale la pena su sacrificio. Bienvenido sea el caos.

La cinta se estrenará el próximo 5 de julio en todo Chile a través del programa Miradoc, pero ya se había exhibido en la región durante el festival Frontera Sur y en BioBioCine. Es cuando vienen a presentarla a este último certamen que conversamos en un café frente al Hotel Araucano, centro de operaciones del BBC.

“Nuestros procesos son mucho menos rígidos en términos de la puesta en escena o de la creación del lenguaje. Para nosotros era importante que todo se fuera transformando [en la filmación], y que esa transformación vaya sugiriendo nuevas formas poéticas”, explica Sepúlveda. “Desde ahí se planteó la película. El mismo hecho de que sucedieran estas dificultades era mucho mejor, y que la película tuviera un destino incierto lo hacía mucho más palpitante. Hubiera sido algo muy confuso que todo sucediera de otra forma. Habiendo obstáculos era mucho más interesante”.

Y en la producción de “Il Siciliano” hubo varios obstáculos. El más importante fue la repentina muerte de su protagonista, ocurrida en agosto de 2017, que truncó nuevamente el plan de rodaje.

“Nosotros teníamos un final de la película”, cuenta Adriazola. “De hecho, teníamos unas secuencias planificadas para grabar con el Avatte, y pasó esto. Fue sorpresivo”.

¿Cuánto se puede planear del rodaje de una película así?

Carolina Ariazola (CA): Se planea bastante, pero cuando uno llega a grabar, haces como un décimo de lo que tenías planeado, reflexionado o escrito.

En esta cinta hay un cierto cambio de tono respecto a sus trabajos anteriores, que esta vez se acerca al de los primeros documentales de Perut y Osnovikoff

CA: Había escuchado un comentario así, pero igual es distinto.

José Luis Sepúlveda (JLS): En la crítica bien precaria que hay en Chile, se comparaba a Avatte con “Un Hombre Aparte” (2001), pero esa película era una manipulación mucho más convencional, donde se planteaba cierta moralidad con respecto al patetismo del personaje. Nosotros convivimos directamente con el personaje, que va [mostrándose] de acuerdo a su moralidad y el resultado es completamente distinto. No estoy diciendo que “Un Hombre Aparte” sea mala, de hecho yo admiro caleta el trabajo de ellos.

CA: Además, la relación con el Avatte fue duradera. Era intermitente, pero se generaron lazos. No fue como hacer un rodaje documental de un año y se acabó, aquí había una verdadera relación.

JLS: Y nunca se planteó como “vamos a hacerle un documental a este viejo decrépito”. Se intentó enfocar desde la perspectiva de un ser humano que trata de sobrevivir de acuerdo a su realidad física, política, etcétera.

“Il Siciliano” no es el primer documental de esta dupla. En “Crónica de un Comité” (2014), bajo la excusa de seguir el avance del Comité por la Justicia Manuel Gutiérrez, mostraron cómo su familia intenta sobrellevar el asesinato de este niño de 16 años a manos de Carabineros, ocurrido en el contexto de la represión a las manifestaciones sociales del 2011.

Con una estética que –como toda su filmografía- no quiere responder a los cánones académicos, y que se parece más a una búsqueda/descubrimiento de las posibilidades que entrega la precariedad, la clave de la película está en la evolución que demuestran sus personajes. Cada uno tiene una cierta arca narrativa que parece salida de una ficción, pero que acá se consigue gracias al cultivo de una relación humana con los protagonistas.

“Estábamos súper involucrados, éramos parte del Comité y estuvimos mucho tiempo en la casa con la familia”, detalla Adriazola. “En Gerson [el hermano de Manuel y quien deviene en protagonista de la cinta] hubo infinitos cambios, y tratamos de generar en el montaje algo que fuera más fuerte y decidor. Aunque obviamente fue construido en el montaje. Pero más que nada, tiene que ver con la relación de confianza y complicidad que uno tuvo con la gente, que hace que de cierta forma uno esté ahí todo el rato y pueda develar cosas que por fuera es muy difícil”.

Otra de las formas en la que el dúo trabaja junto al caos es la afición por grabar espontáneamente en lugares públicos tanto como en recintos privados. Esta filmación tipo guerrilla la han aplicado en todas sus cintas: en “El Pejesapo” (2007), cuando el protagonista pasa por distintos lugares buscando trabajo; en “Mitómana” (2009), cuando la protagonista se hace pasar por enfermera en un consultorio; o en “El Destapador” (2012), donde los protagonistas van a intentar vender sangre a un hospital, en una escena grabada en menos de 10 minutos, pero que casi termina con Sepúlveda preso. “No hay ninguna frontera”, dice el co-realizador.

“Son estrategias de trabajo, y cada lugar y cada película tiene una estrategia distinta, dependiendo de lo que querai alcanzar”, añade Adriazola. “En general, cuando las cosas se han hecho más legalmente, cuesta caleta. Es mejor meterse a la mala y hacerla, o dar otro tipo de justificaciones”.

Otra estrategia que usan es la de perseguir cierta horizontalidad con sus actores profesionales y no profesionales, dándoles también poder creativo en sus películas

CA: La construcción se hace en conjunto. Es súper importante escuchar y ver, porque uno tiene ideas preconcebidas que después las tirai. Y que también son parte de la película, que es lo más interesante, porque necesita ese desarrollo igual.

En su trabajo siento una búsqueda de lenguaje cinematográfico propio, además de una inquietud por retratar y construir una identidad chilena

CA: Estamos en una búsqueda constante, y es difícil de definir. Uno sabe lo que quiere más o menos, pero siempre es búsqueda, experimentación, generar un lenguaje desde nosotros, de cierta forma. Ahora no sé si chileno, pero igual tiene exploración sobre el ser humano. Igual encuentro que es como medio subido de raja decir que estamos planteando la identidad chilena. Si tú lo opinai, bacán.

JLS: Aunque igual tiene identidad chilena.

CA: Sipo, obvio, pero es porque uno se mete bien adentro. Igual los mecanismos de producción que nosotros tenemos también marcan mucho cómo puede ser la película. Ahora último hemos estado generando un mecanismo de producción bien interesante, haciendo varias cosas a la vez en distintas etapas. Estamos desarrollando una idea, grabando otra y montando otras dos, lo que ha sido bueno porque, cuando hicimos “El Pejesapo” o “Mitómana”, nos dedicábamos cien por ciento a eso. Pero nos dimos cuenta de que eso agota, entonces si tenís varios proyectos es interesante porque si estai en uno y te cansai, vai al otro. De hecho, ahora estamos a punto de sacar dos películas más.

¿Pueden detallar cuáles son esos proyectos?

JLS: “Harley Quinn” es la última película que estamos haciendo, donde trabajamos el personaje desde la perspectiva de su individualidad, mucho más avasallador. Una frontalidad mucho más espeluznante que “El Pejesapo” o “Il Siciliano”. El leitmotiv de la película se refiere a cuáles son los sueños convencionales de cualquier persona respecto a su practicidad. Tiene que ver con la Pirámide de Maslow, en términos del origen de sus necesidades básicas.

CA: También estamos haciendo una película sobre la generación de los cineastas de la Unidad Popular, una investigación súper amplia que llevamos mucho tiempo haciendo. Ya hicimos una corta, pero queremos hacer algo mucho mejor. Esa está en etapa de montaje.

¿Tiene nombre?

JLS: Se llama “Feedback”.

CA: Y es un documental.

Desde la producción cinematográfica, ¿cuál es su posición respecto al cine narrativo? Hay realizadores nacionales que tratan de esquivarlo activamente

JLS: Eso es como querer ponerle un puñetazo a un bus porque el que lo maneja tiene la culpa. Sería como ridículo. Son las formas que se han tomado dentro del cine dominante chileno las que uno cuestiona, pero no la estructura narrativa.

CA: “Il Siciliano” es bastante narrativo, aunque no es una narrativa clásica.

Pregunto porque, por ejemplo, Ignacio Agüero trata de escapar de lo narrativo. Raúl Ruiz incluso mencionaba la inquietud de hacer una película sin hilo conductor

JLS: Eso es otra cosa. Nuestras películas siempre han generado una idea de que no hay hilo conductor, pero siempre lo hay.


Publicado originalmente en Radio Leufü.