«Ryuichi Sakamoto: Coda»: hacer música que no me avergüence

Estaba en medio de la grabación del documental cuando supo el diagnóstico. Ryuichi Sakamoto -el influyente compositor japonés ganador de un Oscar, un Grammy y dos Globos de Oro- tenía cáncer de orofaringe. La enfermedad, que posee una mortalidad del 50% a los 5 años, no hizo que el músico y activista tuviera aprensiones con continuar registrando el proceso creativo de su primer álbum desde 2009. “Fue Stephen [Nomura], el director, quien dudó sobre seguir filmando”, contó Sakamoto a Indiewire. “Aunque quedé en shock por hallarme en una situación tan seria, sabía que esto haría más interesante el filme”.

Así es como en “Ryuichi Sakamoto: Coda” (2017) vemos al artista reflexionar sobre la muerte, su propia obra y su proceso creativo. Claro que el álbum que terminó saliendo de ese proceso (“async”, 2017) fue muy distinto al que planeaba antes del diagnóstico. Cuando su cáncer entró en remisión en 2015, Sakamoto decidió descartar el trabajo previo y comenzar desde cero.

La obra de Nomura sigue al músico mientras hace grabaciones de campo en su casa, en bosques y la zona de excusión de la accidentada central nuclear Fukushima. Durante su búsqueda en ese lugar, incluso toca un maltratado piano que sobrevivió el tsunami de 2011 y que hoy solo es capaz de articular sonidos atonales. También habla de su estrecha relación con el cine, mientras lo vemos crear el soundtrack de “The Revenant” (2015) e inspirarse en el uso de Bach durante una de las más icónicas escenas de “Solaris” (1972).

Durante estos ejercicios, Sakamoto reflexiona sobre algunas de sus obras más reconocidas: su época con la Yellow Magic Orchestrael aria para Oppenheimer de “Life” (1999), las bandas sonoras para cintas como “Merry Christmas Mr. Lawrence” (1983) o “The Last Emperor” (1987). Pero, especialmente, discute las ideas y emociones que impulsan su nuevo trabajo.

“Me fascina la idea de un sonido perpetuo, que no se disipe con el paso del tiempo”, explica el artista. “En términos literarios, podría ser una metáfora de la eternidad”. Cuando pronuncia esa última frase, Sakamoto se ríe por la repentina comprensión del origen de aquella inquietud estética.

En música, una coda –concepto que bautiza el documental y un álbum que Sakamoto editó en 1986- es el equivalente al epílogo de una obra. Significa literalmente “cola” y marca el final de un movimiento. Es un título duro pero que le hacía justicia al estado mental del artista en ese momento, donde se preocupaba más que nunca de “hacer música significativa, que no me avergüence dejar” como legado.


Publicada originalmente en Radio Leufü.

“Amukan”: atravesar la encrucijada

En “Konün Wenu” (2010), primera cinta de ficción de Francisco Toro, el actor natural pehuenche Pedro Manquepi interpretaba al pequeño Akun con apenas 8 años. En esa historia, el niño aprovechaba la subida al sector cordillerano de la tradicional veranada para buscar la puerta al cielo y así poder visitar a su fallecida madre.

Era una fábula donde Akun aprendía sobre la cosmovisión y las tradiciones de su pueblo, y prometía perennizarlas con su propia carne. Cuando un amigo de la familia dice que los jóvenes siempre terminan descartando la vida de montaña por aventurarse a la ciudad, él le contesta con seguridad: “siempre me voy a quedar con mi abuela y mi abuelo”.

Manquepi tiene 20 años en “Amukan” (2019), la segunda ficción de Toro, y su personaje –el adolescente Nekul- está justo en la encrucijada que auguraba el filme anterior: ¿quiero realmente seguir el modo de vida tradicional de mi pueblo? Si no lo hago, ¿significaría una traición a mis antepasados? ¿Dónde está la línea que separa la individualidad del individualismo?

Nekul vive junto a sus padres y hermanos menores en el sector cordillerano del Alto Biobío. Un día, al bajar de la veranada, su padre (Jorge Manquepi) le cuenta que deberá acompañarlo a trabajar en la construcción de un camino. Esta primera experiencia fuera de su entorno familiar, junto con la eventual urgencia de conseguir medicina para su madre enferma (Lucrecia Paine), termina por abrir los horizontes del joven y sembrar la inquietud del éxodo a la ciudad. Además, el problemático alcoholismo que sufre su padre le significa trabajo extra y un razonable miedo a terminar igual que él si sigue la vida para la que ha sido educado.

La de Nekul es también la historia de ser mapuche hoy. «La realidad tiene poco que ver con los ‘Sueños azules’ de los que habla Elicura Chihuailaf», decía el historiador Fernando Pairicán en una entrevista a El Desconcierto. «El trabajo político del mundo mapuche ha sido, justamente, reeducar a [su] población, reconstituir una ética común: dejar el alcoholismo, estudiar una carrera universitaria».

Mayoritariamente hablada en mapudungún, «Amukan» («errante», en español) tiene un naturalismo logrado en gran parte gracias a que el elenco -la familia Manquepi Paine en pleno- fue parte de la construcción de la historia. Y su fotografía le hace honor a la inmensidad simbólica y física de los bellos lugares que recorre, especialmente cuando en su último tercio deriva en una suerte de road movie.

La cinta–estrenada internacionalmente en el Festival de Cine de Guadalajara y galardonada con una mención especial en Sanfic– no obedece completamente la estructura tradicional de los relatos. A diferencia de “Konün Wenu”, que tenía los tres actos bien definidos, se podría argumentar que “Amukan” es un gran primer acto aristotélico que persigue más explicar el nacimiento de una ambivalencia en lugar de querer alcanzar su resolución total. Implicaría entonces, en sí misma, la búsqueda de un camino nuevo que se desvía de la narrativa tradicional. Porque si algo aprende la película de su personaje principal, es que aunque las pisadas anteriores nos condicionen a seguir una ruta, en la montaña también podemos hacer camino propio.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

«Happy – Depre», de Adolescentes Sin Edad: bailar y llorar

El beat de inspiración trap que abre “Happy – Depre” parece anunciar un golpe en el timón para el trío penquista Adolescentes Sin Edad. La canción “Fiesta Sad” aparenta un giro estilístico que, sumando las guitarras que aparecen unos segundos más tarde, básicamente equivaldría a cambiar desde la senda The Drums hasta un sonido tipo Lil Peep.

Pero el nuevo disco del conjunto -conformado por Marcelo Francois (voz, guitarra, composición), Italo Polizzi (bajo y arreglos) y Marcelo Arredondo (batería y arreglos)- no aterriza tan lejos de su EP debut homónimo de 2017. Luego del track de apertura (que funciona como una suerte de intro), continúan con su sonido habitual que refiere tanto a la banda de Jonathan Pierce y a las atmósferas de DIIV, como al legendario trabajo en las seis cuerdas de Johnny Marr y Bernard Sumner.

“Fiesta Sad” resulta, en perspectiva, un apartado más de la exploración conceptual del supuesto oxímoron que bautiza el álbum. Porque las ocho canciones que lo componen –y que hablan de drogas, carretes catárticos y amores no correspondidos- podrían amenizar tanto la soledad nostálgica de una tarde encerrado en la pieza, como la fiesta alternativa más prendida.

La gran diferencia con su trabajo debut, sin embargo, es la calidad sonora del material. Este disco, registrado en Estudio Fusa y masterizado en Clio a comienzos de año, tiene un sonido grande y abierto, que invita a sumergirse en sus guitarras y sintetizadores de vocación atmosférica.

En sus peores momentos, “Happy – Depre” puede parecer formulaico y derivativo. Pero brilla cuando la banda modula sus influencias para llegar a líneas melódicas tan coreables como las de “Oye Me Gustai” y el single “Desorden y Bailar”. Es un paso adelante que mejora la captura técnica de las habilidades de la banda, pero que adeuda en originalidad.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

“Enigma”: mejor no hablar de ciertas cosas

El primer largometraje de Ignacio Juricic Merillán, al igual que su corto “Locas Perdidas” (2015), está basado en hechos reales. Si su obra anterior se inspiraba en el allanamiento y fichaje masivo de personas LGBT+ en la disco Quásar de 1996, esta toma como referencia el asesinato lesbofóbico de Mónica Briones ocurrido en 1984 y que sigue impune hasta la actualidad. Pero, en lugar de limitarse a representar la tragedia, esta película sigue la tormenta provocada en la familia de la víctima por un programa televisivo de true crime que pretende recrear los hechos.

“Enigma” parte 8 años después del homicidio, cuando un productor de televisión llama a Nancy Vásquez (Roxana Campos) para que acceda a ser entrevistada en cámara sobre el caso de su hija Sandra, que se cerró sin culpables. Mientras ella se toma un tiempo para decidir, el canal contacta al resto de la familia pidiéndoles su testimonio para el programa.

Como si hubieran abierto la caja de pandora, a las conversaciones familiares vuelven los bonitos recuerdos de la hija perdida, pero también los rencores que habían sido acallados sin que nunca se apagaran realmente. Las discusiones se llenan de evasivas e indirectas, donde los personajes dicen una cosa queriendo decir otra, y reina la vieja idea de que la paz se mantendrá sólo si evitamos ciertos temas. Es en estas escenas de orientación ruiciana donde más brilla la película, pues sabe retratar el ethos del Chile de la transición.

Tanto en “Locas Perdidas” como en “Enigma”, la preocupación de Juricic no es con los hechos mismos sino, según ha señalado, con la representación mediática de estos y de la comunidad LGBT+ (de hecho, la cinta toma el nombre del programa de true crime homónimo, que en 2010 dedicó un capítulo a Mónica Briones).

Y su crítica no la hace sólo desde el argumento, pues decide alejarse de la estética de estos programas y sus recursos audiovisuales de manera radical. Así, elige filmar en secuencia, sin usar contraplanos, evitando los close-ups y limitándose a usar paneos y panfocos.

«Enigma» es una cinta llevada por mujeres (Campos y Paula Zúñiga están brillantes al centro) y donde los hombres son seres desconectados e inútiles (incapaces de servirse comida solos, menos podrán dar apoyo emocional). Y, aunque está ambientada en 1999, su realidad no es tan distinta de la nuestra. Son las mismas heridas las que siguen sin cicatrizar.

“Benzinho”: un sentimiento familiar

La disonancia cognitiva de experimentar dos emociones contradictorias a la vez es algo que se repite en la película brasileña “Benzinho” (2018). Irene (Karine Teles) siente felicidad y preocupación cuando a su hijo adolescente le ofrecen ir a jugar handball a Alemania. Está orgullosa de que el trabajo de Fernando (Konstantinos Sarris) en su equipo escolar sea reconocido a nivel profesional, pero siente profundas aprensiones al imaginar a su primogénito -que aún es menor de edad- viviendo solo a casi 10 mil kilómetros de distancia.

Y justo mientras celebra la alegría de ver a su hijo mayor ganar un partido para su equipo, abraza con dolor a su hermana Sônia (Adriana Esteves) al verla llegar con un moretón en el ojo luego de que su marido la golpeara de nuevo.

Pero la madre no sólo deberá lidiar con el síndrome del nido vacío y la violencia de su cuñado drogadicto. También tendrá que sobrellevar una crisis económica familiar, graduarse de la secundaria y batallar con una casa que –como una metáfora de su crisis- cada día despierta con una grieta nueva.

Tras “Riscado” (2010), “Benzinho” es la segunda película en que la actriz y guionista Karine Teles colabora junto a su marido, el director Gustavo Pizzi. Además, en esta cinta integran al elenco a sus pequeños hijos, Arthur y Francisco, que interpretan a los inquietos gemelos del clan.

Ese origen íntimo transpira en la pantalla, donde cada personaje es tratado con un amor familiar. Teles («A Que Horas Ela Volta?», 2015) se luce al centro de la película, con una interpretación llena de matices y de vida. La fotografía, así como los lugares que muestra, a veces parecen carnavalescamente recargados y hasta chillones, pero en realidad nada en ellos sobra. Cada detalle cuenta la historia.

“Benzinho” se desarrolla durante las 3 últimas semanas que el hijo mayor pasará en el hogar, por lo que es una cinta llena de crisis, catarsis y emocionalidad. Pero con su tono tragicómico (o de “dramedy”, en gringo) logra un equilibrio natural, al condimentar su relato con toques humorísticos que terminan conformando una capa narrativa más. Es una cinta encantadora, de esas que dan ganas de volver a ver inmediatamente después de terminarla. De esas de las que es tan fácil enamorarse.

“Los Sueños del Castillo”: el infierno está en los márgenes

Los adolescentes que aparecen en “Los Sueños del Castillo”, el segundo documental de René Ballesteros luego de “La Quemadura” (2009), han vivido y hecho cosas que nadie debería. Están detenidos en el centro del Sename en Cholchol (Región de la Araucanía) por cargos como robo con violencia u homicidio, y los recuerdos de lo que hicieron aún carcomen sus psiques. Y así lo muestran sus sueños.

Escenas como un asesinato en una cárcel infernal, familiares fallecidos que los quieren arrastrar a su ataúd, violentas peleas a muerte con sus amigos y las inescapables garras del mismo diablo ocupan los espacios oníricos de estos jóvenes, que no alcanzan las dos décadas de vida.

Y el centro de detención mismo estimula el terror, porque es un edificio que parece un sombrío castillo, y que fue construido encima del terreno donde varios mapuche habían enterrado a sus muertos. Las sombras del genocidio y de la aniquilación cultural también penan entre sus paredes y en el terreno alrededor.

La cámara de Ballesteros a veces recorre sus interiores como un alma en pena, mirando las actividades de los funcionarios de la institución u observando como bestia al aguaite desde el circuito cerrado de seguridad. Pero la mayoría del tiempo se encuentra en las celdas de estos jóvenes, sin mediar juicio, escuchando a sus traumas hablar a través de las imágenes oníricas que los perturban de noche.

También hay escenas de normalidad, pero incluso en ellas los fantasmas aparecen. Como cuando  uno de los chicos ve televisión sin advertir que la forma en que está sentado en el sofá revela cortes autoflagelantes en su brazo. Cuando se da cuenta, se aleja rápido.

La vida de este puñado de adolescentes está lejos de lo que consideramos común, y eso genera un gran menoscabo en su salud mental. La profunda desigualdad nacional ha favorecido que la delincuencia sea una forma de supervivencia, y un Estado que se centra más en el castigo que en la prevención termina destruyendo vidas, aún antes de que se terminen de formar.

“Los Sueños del Castillo” –Pudú al mejor largometraje chileno del FIC Valdivia 2018– es una cinta íntima y sensible, que da voz a los chicos que buena parte de la sociedad juzga descartables. Echa una ojeada a lo frágil que hay detrás del callo de agresividad formado al vivir en el abandono. Pero también es una película de terror, pues produce miedo: al diablo y al infierno, o a ser pobre y a pertenecer a los márgenes. En cualquiera de esos casos, la escapatoria es cuesta arriba.


Publicado originalmente en Radio Leufü.

“Perro Bomba”: las caras del racismo

Steevens (Steevens Benjamin) no puede confiar en casi ningún chileno. Y los pocos con los que puede contar, no tienen el poder para ayudarlo realmente. “Perro Bomba”, la ópera prima de Juan Cáceres, sigue la caída en desgracia de un inmigrante haitiano mientras es abatido por distintas formas de opresión en las calles de Santiago de Chile.

Pese a que lleva viviendo 6 años en el país, domina el español y tiene un trabajo y un techo, basta un explosivo primer acto de rebeldía frente al racismo de su jefe (Alfredo Castro) para que se desmorone una vida que parecía estable. Es una bofetada que le recuerda una cruel realidad: en un país como este, donde el racismo está tan extendido, nunca se podrá integrar totalmente.

Un video viral que lo muestra respondiendo con un derechazo a los insultos de su jefe, pronto deja a Steevens en la calle, sin sustento y sin el apoyo público de la propia comunidad haitiana, que prefiere renegar de él antes que regalarle una excusa a los chilenos para avivar una discriminación que ya por sí sola es insufrible.

A partir de ahí, Steevens camina solo. Cuando lo reconocen por el video, lo echan de una pieza que había contratado para pasar la noche sin devolverle el dinero. Y justo cuando cree haber encontrado una verdadera aliada en el camino, esta se aprovecha de su fragilidad para abusar de su cuerpo. Sólo halla consuelo en personas tan parias como él: jóvenes que pasan las noches trabajando como parquímetros y bebiendo catárticamente, gente cuyo único techo alcanzable es el de los albergues y –por supuesto- otros inmigrantes.

Las actuaciones son bastante consistentes, lo que impresiona dada la mezcla de actores profesionales (Castro, Gastón Salgado, Blanca Lewin) con actores naturales (entre ellos el mismo Benjamin, quien además tiene la obra de teatro “Trabajo Sucio” entre sus créditos). Y es justamente ese talento actoral lo que salva un par de hoyos en la historia (el incidente que dispara todo, por ejemplo, está pobremente establecido a nivel de guión pero Benjamin y Castro logran sacarlo adelante).

La película también tiene breves sketches que no sólo sirven de descanso de la historia principal, sino que son los únicos momentos en que los haitianos dejan de ser definidos en pantalla por su condición de inmigrantes. Aparecen sin mucho contexto, cantando música tradicional haitiana o bailando alguna canción de un compatriota (artistas como Bujimix Jerome y Los Haitianos del Sur están en el soundtrack), y la generosidad con la que abren su mundo interior resulta un bálsamo en medio de una cinta llena de dolor.

Como si fuera una road movie, “Perro Bomba” sigue a Steevens por cada rincón por el que pasa. Y en cada uno encuentra una expresión distinta del racismo: directo o disfrazado de “humor”, como cosificación o violencia estatal. Esto la hace principalmente una cinta educativa para chilenos: es un llamado a revisar qué tipo de violencia podríamos estar ejerciendo contra los inmigrantes, especialmente los afrodescendientes, y apela a hacer un cambio al respecto. Por algo se empieza.

“Hoy y No Mañana”: la fuerza que hay en la memoria

Desde liberar a un cerdo disfrazado como Pinochet en pleno Paseo Ahumada bajo la “Operación Chancho”, hasta el despliegue de un millar de siluetas de cartón con nombres de víctimas de la dictadura en la acción “No Me Olvides”, las manifestaciones del colectivo Mujeres Por la Vida solían mezclar lo poético con lo más directo en la lucha contra el tirano.

“Hoy y No Mañana”, debut en la dirección de la montajista y directora de fotografía Josefina Morandé, cuenta la historia de esta organización a través de los relatos de las mujeres que la lideraron.

La escritora Mónica Echeverría, la psiquiatra y exdiputada Fanny Pollarolo, la periodista María Olivia Monckeberg y la fotógrafa Kena Lorenzini son algunas de las voces protagonistas en el documental sobre esta organización, nacida en 1983 y que involucró a otros nombres notables como las escritoras Diamela Eltit y Patricia Verdugo (“Los Zarpazos del Puma”).

La cinta toma su nombre del texto que sirve como declaración de principios y llamado al acto de mujeres. Esta concentración se realizó en el Teatro Caupolicán en diciembre de 1983, y fue el punto de partida para realizar masivas acciones, como la marcha silenciosa “Somos +” (1985) o la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora (1989), que reunió a más de 25 mil mujeres en el Estadio Santa Laura.

Ayudada de las entrevistas, imágenes de archivo y recreaciones animadas y prácticas, Morandé logra retratar la justa urgencia e increíble aplomo con que eran realizadas las manifestaciones de Mujeres por la Vida. Además, como lo hizo “Actores Secundarios” (2004) con los movimientos estudiantiles de los ochenta, se convierte en una celebración reivindicativa del olvidado papel que los movimientos políticos femeninos y feministas tuvieron en el fin de la dictadura.

“Hoy y No Mañana” privilegia la búsqueda de análisis y de sentido por sobre un relato estrictamente cronológico, lo que puede ser un relativo problema para quien vaya a ver la cinta desde la ignorancia total sobre el tema (aunque existen varios recursos en línea para aclarar cualquier duda al respecto). Pero la película de Morandé hace algo necesario e invaluable: aporta a la reconstrucción de una historia de las mujeres, quienes han sido invisibilizadas como sujeto histórico por la sociedad patriarcal.

Así, Morandé señala la hebra que une el movimiento sufragista liderado por el Movimiento Pro-Emancipación (MEMCH) con esta lucha contra la dictadura casi 3 décadas después, y lo proyecta hasta unirlo con las manifestaciones feministas de mayo de 2018. “Hoy y No Mañana” es un documental expositivo que busca educar, entregar perspectiva y aglutinar. Mira al ayer, pero para articular mejor el presente y así avanzar hacia un mejor futuro.

La música que corre por “La Sangre”, el sello musical de Casa de Salud

El colibrí en el logo de La Sangre, el segundo sello del bar penquista Casa de Salud, está formado por triángulos rojos. Cada uno es distinto en tono y proporción, y al sumarse componen la figura de este pequeño pajarillo que, para los mayas, era un mensajero del amor.

Esa fractalización es un reflejo de la variedad estilística que arma el catálogo del sello, un rompecabezas del nuevo sonido penquista que cuenta con ocho de los nombres más relevantes de su escena.

“Siempre se habló de Conce como cuna del rock, cosa que yo nunca he suscrito, pero pienso que ahora sí está empezando a salir un lenguaje original”, cuenta Germán Estrada, creador del sello, DJ de alias Negro Pésimo, gestor cultural y socio fundador de Casa de Salud. “Tiene elementos de rock, de jazz y de electrónica, pero con un aroma local que no sabría cómo expresar sin sonar pretencioso, pero siento que en lugar de un parecido estilístico, tienen una poética y cierta atmósfera que lo hace un sonido de Conce” expresa.

La Sangre es una evolución natural de la plataforma cultural en la que ha devenido Casa de Salud, un proyecto que aúna a varios nombres cercanos al reconocido bar. El lanzamiento oficial del sello se concretará en los próximos meses, y se proyecta la publicación de cuatro discos con distribución latinoamericana durante el primer semestre de 2019. Estos son los artistas que publicarán sus trabajos bajo la etiqueta de La Sangre.

Larrea Trip

En tres años de existencia, el proyecto de jazz satánico del hipnótico guitarrista Sebastián Larrea ha hecho cientos de presentaciones en Concepción, pero no posee un registro en estudio. El 8 de diciembre lanzará su primer disco –con seis de sus temas más emblemáticos en vinilo, y siete en las versiones en CD y digital–, que además será la primera obra publicada por La Sangre. “Es un honor estar en un proyecto del Negro (Estrada), un gestor clave en la escena de Conce que entrega apoyos y difusión a varias disciplinas”, comenta Larrea.

Cafeina Kid

El doctor en física y productor Pablo Cornejo está detrás de este proyecto electrónico, que comenzó hace 14 años desde la experimentación con el arte sonoro. Luego de varios lanzamientos colaborativos, se ha acercado al ambiente con sus últimos discos, “Neko” (2016) y “Downtempo” (2018).

Florida

Banda compuesta por varios nombres notables de la escena penquista, tales como Eduardo Bugmann (La Romería de Santa Fortuna) y el mismo Germán Estrada. El proyecto mezcla texturas acústicas, eléctricas y electrónicas en un estilo que llaman trip folk. Luego de su disco debut, “Florido” (2014), se encuentran preparando su segunda producción, llamado “Guerra Florida”.

Sandra Alarcón

De pequeña aprendió de las cantoras ñublenses, y con el tiempo ha desarrollado un blues chileno que usa tanto la afinación convencional como la traspuesta. Luego de editar varios demos, su primer álbum grabado profesionalmente se llamará “Sur y Bar”, donde mostrará sus facetas acústica y eléctrica. “Me encanta, me potencia escuchar el trabajo de mis amigos y colegas”, cuenta Alarcón acerca de su experiencia en La Sangre. “Siento que es un lugar en donde me gusta estar y quiero entregar todo de mí” expresó.

Sombras de Suni

Sexteto de rock experimental, que en casi un año de actividad ha mostrado tanto composiciones originales como material de algunos proyectos de sus ex integrantes (En Pijamas, Anguila). Su primer disco comenzará a grabarse en noviembre.

Bosque

De origen íntimamente relacionado con Florida –las primeras ideas nacieron el 2013 entre Germán Estrada y Tagore Altamirano, de Fuma y Baila–, Bosque cultiva un rock telúrico lleno de sensibilidad y poesía. En 2015 la banda se reformuló, y hoy registra su primer LP en los Estudios Leufü.

Ala Vorágine

Banda activa desde 2001, su primer disco contará con 11 temas y varios invitados –incluidos el jazzista Marlon Romero y el violinista Camilo Morales, de Los Temibles Sandovales–. “Se empezará a grabar en noviembre, en el estudio Master con Barry Sage –Ingeniero de The Rolling Stones–”, cuenta la actriz y vocalista Francisca Díaz.

El Romeral

Proyecto de Pablo Romero, fundador de Discos Cetáceos e integrante de Julia Smith. Si bien sus primeros discos coquetean con la lisergia –“La Nueva Aldea” (2010), y en especial “Animales Medievales EP” (2012)– hoy su trabajo está destinado a su lado lo-fi y folk. Su debut en La Sangre está terminado y a espera de una fecha de lanzamiento.


La experiencia Secret Society

El sello de música electrónica creado por Germán Estrada y el DJ viñamarino Joaquín Lledó, nació con un plan claro: insertarse en el mercado europeo publicando a productores de primer nivel en tiraje limitado de vinilo. Y en menos de un año lo han logrado: Yoyaku, la distribuidora más importante de estilos como el deep house y minimal, compró en blanco la distribución para 2019. “Abrimos esta ventana internacional y ahora hicimos la sub-label Southern Magic, donde publicaremos productores chilenos”, finaliza Estrada.


Publicado originalmente en Revista Minga.

Ineino + Niñopolar – Gloria (2018): Sentires cruzados

El vinilo no solo determinó el formato canción. Desde los 80, escenas como la punk y la indie aprendieron a usar las limitaciones físicas del acetato a su favor, al idear el split como forma de dividir a la mitad los costos de producir una obra fonográfica. Así, como lo hicieron recientemente Dënver y Playa Gótica con “Banana Split” (2016), la idea es tener a una banda por cara del vinilo.

Desafiando esa convención, “Gloria” es un split EP de seis canciones que alterna los tracks de los penquistas Niñopolar e Ineino. Es una jugada que arriesga pero triunfa: los proyectos son distintos en carácter, sin embargo logran una paleta de colores coherente.

Sonoramente, sus estilos se encuentran en el folk lo-fi y en el extensivo uso del bitcrush en samples, percusiones y guitarras. Usan elementos similares -la guitarra acústica es protagonista, aunque también utilizan ampliamente samples y sintetizadores- pero de forma tan distinta que resulta expansiva.

En Niñopolar, las voces y las guitarras ocupan varias capas de cada arreglo, que suelen ser adornados por grabaciones de campo (un auto que no arranca en “Niebla”, los insectos y los perros con reverb de la bella “No Veo”) y llamativas texturas y sonidos (el sinte secuenciado de “Espejismo” o el bronce sin ataque de la misma “Niebla”).

Las canciones son directas e íntimas. Tienen una estética, una fragilidad y cierta oscuridad, que recuerdan al sentido “Horn of Plenty” (2005) de Grizzly Bear.

La triada de Ineino explora varias de sus caras, pero tiene al centro de su estilo la manipulación sonora: va desde el uso del “vococher” hasta el sampleo y resampleo de instrumentos y de su propia voz, conformando un collage sonoro que sirve de perfecta cama para su canto urgente, que habla de temas como la empatía (“Algo Bonito”) y la independencia (la delicada “Cualquier Parte”).

Donde más transpira el antiguo Ineino, aquel que hace cuatro años grabó su primer disco con apenas una guitarra acústica, es en “El Mismo Día”. Una vuelta al origen que sirve para demostrar lo aprendido en el camino (el principio y fin de su ex banda Inarbolece, entre medio), y un acercamiento a su “folk robótico” más desnudo.

Con menos de 20 minutos de duración, “Gloria” sirve como un nutritivo bocado de estos proyectos con domicilio en Malva Discos, pero con las repetidas escuchas deja desesperando por nuevo material tanto de Niñopolar (su primer EP fue publicado en 2017) como de Ineino (su segundo trabajo verá la luz en unas semanas y ya cuenta con un single).

Aunque, ante todo, el split logra ser más que un trabajo promocional: es una obra dialógica y coherente, que se erige autónoma en el perfecto cruce entre estas dos promesas de la música nacional.


Publicado originalmente en La Rata.